-No lo es -replicó Pedro, tomando una copa de champán de una mesa convenientemente situada. Se la ofreció a Paula, que la aceptó automáticamente-. Mira ese cuadro, cariño - dijo en voz alta, guiándola hacia un caballete en el que se hallaba una de las pinturas más feas que Paula había visto en su vida-. ¿No te deja sin aliento?
-Desde luego -murmuró ella, tratando de encontrar algo interesante en aquel amasijo de colores marrones, verdes y amarillos-. Parece algo que hubieras encontrado en el suelo de un establo. Me sorprende que no haya moscas volando alrededor.
Manteniendo la mirada fija en el lienzo, Pedro se aclaró la garganta.
-¿No te encantaría tener un auténtico McCauley?
Paula ladeó la cabeza
-Si esto es un McCauley, preferiría un Elvis en cuero negro. Con lentejuelas -añadió, asegurándose de que no la oyera nadie excepto Pedro.
Este la tomó totalmente por sorpresa cuando inclinó la cabeza y la besó rápida y firmemente en los labios.
-Sabía que te entusiasmaría tanto como a mí -dijo en cuanto se apartó. Mientras su tono de voz resultó de los más inocuo, sus brillantes ojos azules mostraron una velada diversión.
Paula se esforzó en recordar cómo volver a respirar. No quería que Pedro supiera que aquel breve beso había hecho que se le acelerara el pulso.
Un hombre bajo con peluquín se acercó a ellos, sonriendo.
-Espectacular, ¿no les parece? -preguntó, señalando el lienzo con la cabeza.
-Increíble -replicó Pedro.
El hombre miró a Paula con gesto expectante.
-Yo... nunca había visto nada igual - dijo ella cándidamente.
Pedro deslizó un brazo por su cintura. -Estábamos hablando del poder que emana de él. De la emoción apenas reprimida que late en el trazo.
El hombrecito asintió con tal entusiasmo que Paula no pudo evitar comprobar si el peluquín permanecía en su sitio. Así era.
-Esta pintura sería una valiosa adquisición para cualquier colección que se precie.
Pedro asintió con gesto serio.
-No lo dudo. Pero, por supuesto, a mi esposa y a mí nos gustaría ver el resto antes de decidirnos.
Paula trató de no reaccionar al enterarse de su condición de casada. Pensó, irritada, que le habría ayudado saber de antemano qué diablos hacían allí.
-Por supuesto -dijo el hombre-. Espero que disfruten de la exposición. Si puedo hacer algo por ayudarlos, mi nombre en Botkin.
Cuando el hombre se volvió para irse, Paula miró a Pedro, esperando alguna clase de explicación. Estaba a punto de pedírsela cuando parpadeó repetidamente, asombrada. ¡El hombrecillo le había palmeado el trasero al pasar junto a ella! Y el roce había sido lo suficientemente prolongado como para no pensar que hubiera sido casual.
¡El muy cretino!, pensó Paula, volviéndose a mirarlo mientras se alejaba.
-Pedro... -empezó, girando de nuevo hacia éste.
Su «marido» la tomó con firmeza por la cintura y tiró de ella hacia otra pintura, evitando así que hiciera preguntas.
Pasaron la siguiente media hora viendo los cuadros, bebiendo champán y simulando estudiarlos atentamente. Paula sólo encontró uno que no le desagradara demasiado, y sus comentarios, hechos tan sólo para que Pedro los escuchara se fueron volviendo más y más mordaces con el paso del tiempo.
-¿Es que en este lugar no hay nada de Norman Rockwell? -preguntó finalmente, exasperada.
Pedro rió.
-Querida, me alegra de que me convencieras para venir esta noche. Lo estoy pasando muy bien.
-Me alegra tanto saberlo... -replicó Paula con exagerada dulzura.
Lo gracioso era que ella lo estaba pasando realmente bien.
Apenas se sorprendió cuando, tras mirar su reloj, Pedro la miró y dijo:
-Por supuesto, querida. Creo que los aseos están en la parte trasera de la galería.
Evidentemente, Pedro quería que fuera a los aseos. Paula no sabía por qué, pero le daba lo mismo. Tampoco había sabido durante toda la tarde para qué estaba allí. De manera que iría a los aseos.
Pedro la escoltó galantemente hasta la parte trasera de la galería. Al parecer, conocía el lugar a la perfección, pues para llegar allí había que pasar por diversos pasillos y salas. Finalmente, señaló con la cabeza una puerta en la que una discreta placa decía:Señoras.
-Tómate tu tiempo, cariño -dijo-. Yo también voy al aseo. Luego nos encontramos aquí, ¿de acuerdo?
Pensando que todo aquello resultaba muy extraño, Paula asintió y entró en el aseo.
No había nadie dentro. Se acercó al gran espejo que dominaba una de las paredes, dejó el bolso en el mostrador de mármol y miró su reflejo. Parecía más ella misma que hacía dos semanas, pensó, con ligera satisfacción. Volvía a haber cierto color en su rostro... sin duda, debido al breve y memorable beso de Pedro.
Tras repasar brevemente su maquillaje, tomó el bolso y salió al vestíbulo del servicio. Estaba vacío.
Dudó, preguntándose si volver a la sala de exposiciones o esperar allí a Pedro. No resultaba muy agradable estar en aquel vestíbulo a solas, ni siquiera sabiendo que había mucha gente cerca.
Un ruido procedente del fondo del pasillo llamó su atención.
-¿Pedro? -susurró-. ¿Eres tú?
Se escuchó un nuevo ruido, más seco y fuerte en esa ocasión. Para la repentinamente activa imaginación de Paula sonó como un cuerpo golpeando el suelo. Tragó saliva, diciéndose que sólo eran imaginaciones suyas. A fin de cuentas, estaba en una galería de arte.
Alzando la barbilla, y haciendo acopio de todo el valor desarrollado durante los últimos años enfrentándose a los inspectores de Hacienda, avanzó hacia la puerta abierta de la habitación de la que procedían los ruidos. Si no encontraba allí a Pedro, asumiría que éste había vuelto a la galería sin ella.
Lo primero que vio al entrar en lo que parecía una oficina privada fue un cuerpo caído.
Horrorizada, reconoció al hombrecito del peluquín que se les había acercado cuando contemplaban el cuadro de McCauley. Su enrojecido rostro carecía ahora de color, y su peluquín apenas ocultaba ahora su calva cabeza. La parte frontal de su camisa blanca estaba manchada de rojo.
Instintivamente, Paula se agachó y dejó el bolso en el suelo.
-¿Puede oírme?
El hombre alzó una mano y se agarró débilmente a su chaqueta, tirando de ella. Su boca se movió como si quisiera hablar, pero, excepto un ronco gemido, nada surgió de ella.
-No trate de hablar -aconsejó Paula con urgencia-. Voy a buscar ayuda.
-Ellos sabían... -logró murmurar el hombre-. Las pinturas eran...
Su mano cayó pesadamente al suelo. Sus ojos giraron hacia atrás. Un escalofrío recorrió la espalda de Paula, junto con la horrible sospecha de que acababa de ver morir a un hombre.
El estómago se le encogió. Se puso en pie y abrió la boca para pedir auxilio.
Dos manos grandes y fuertes la rodearon por detrás, y, antes de que pudiera reaccionar, se encontró atrapada contra alguien grande, sólido, e indudablemente amenazador.
-------------------------------
Aca les dejo los dos capitulos de hoy! espero que comenten!! tw @Floor_PauChaves
-------------------------------
Aca les dejo los dos capitulos de hoy! espero que comenten!! tw @Floor_PauChaves
wow q capitulos m encantaron ambos !!
ResponderEliminarEsta muy buena!!! Espero ansiosa el próximo!! mimiroxb
ResponderEliminarWowwwwwwwwww, qué fuerte comienzo. Me encantó.
ResponderEliminar