sábado, 7 de marzo de 2015

Capitulo 4 -Aventura De Amor-

Paula se mordió el labio inferior mientras consideraba todas sus opciones, todos los motivos por los que no debería confiar en él, dadas las circunstancias. Y entonces alargó una mano hacia la manija de la puerta.
Tal vez estaba cometiendo un gran error confiando el él, pero no sería el primero que cometía en la últimas semanas.
La habitación estaba sorprendentemente limpia. Una cama doble ocupaba la mayor parte del espacio. Frente a la única ventana había una mesa redonda con dos sillas. En la pared opuesta a la cama había un pequeño mueble con un televisor. La puerta que había al fondo debía dar al baño.
-¿Aquí es donde te alojas? -preguntó Paula, un poco sorprendida de que Pedro tuviera un alojamiento tan modesto.
-De vez en cuando -contestó él, encogiéndose de hombros-. ¿Tienes hambre?
Paula lo miró, preguntándose como podía pensar en algo como la comida en esas circunstancias. Entonces frunció el ceño, preguntándose cómo era posible que tuviera hambre. Porque la tenía.
-Un poco -admitió.
-Yo también. Hay algo de comida en la otra habitación. ¿Quieres preparar algo rápido mientras hago una llamada?
Pedro se estaba comportando como si sólo se hubieran detenido allí para tomar algo tras una agradable visita a la galería de arte, pensó Paula, mientras miraba cómo se sentaba al borde de la cama y descolgaba el auricular del teléfono. Se preguntó si aquel enigmático detective privado estaría acostumbrado a que le dispararan,
Tratando de imitar su tranquila actitud, abrió la puerta trasera del dormitorio y se encontró en una pequeña habitación que daba al baño. Bajo un mostrador había una pequeña nevera. La abrió y encontró unas bebidas, un paquete de carne, queso, pan y unas aceitunas. En una cesta encima del mostrador había unas bolsas de patatas, unas galletas y vasos y platos de plástico.
Aquello no era exactamente lo que había imaginado cuando aceptó que Pedro la invitara a cenar, pensó, suspirando.
Tras preparar un par de sandwiches, los llevó en una bandeja a la mesa del dormitorio. Pedro colgó el teléfono cuando ella entraba.
-No contestan -murmuró.
-¿A quién tratas de llamar?
-Trato de obtener información -sin mirarla, Pedro volvió a marcar.
Al cabo de un rato colgó el auricular, maldiciendo entre dientes.
Paula no pudo evitar mirarlo. Parecía tan distinto al hombre que había conocido en el bufete... Nunca lo había visto sin su perezosa sonrisa o el malicioso brillo de sus ojos azules. Con sus relajadas maneras y su estilo de vestir, siempre lo había considerado la antítesis del duro y serio investigador privado de las novelas policíacas. Desde luego, nunca lo había considerado duro ni peligroso.
Pero, mirándolo ahora, aquella imagen mental cambió radicalmente. Algo en la expresión de Pedro hizo que su pulso se acelerara. Se dijo que sólo eran nervios.
Pedro la miró y Paula notó el esfuerzo que hizo para dedicarle una de sus agradables sonri­sas. Pero ya era demasiado tarde; ya nunca vol­vería a verlo como antes. Había percibido la amenaza en él cuando golpeó al hombre que la estaba sujetando, y su determinación cuando la arrastró hasta el coche para, finalmente evadir con evidente eficacia a sus perseguidores.
-¿No localizas a tu cliente? -preguntó.
-No. El número que me dio está desconecta­do.
-¿Qué sucede, Pedro?
Él suspiró.
-No lo sé.
Esa no era la respuesta que Paula quería oír.
Pedro volvió a descolgar el auricular.
-¿A quién vas a llamar ahora? -preguntó ella, esperanzada-. ¿A la policía?
-No. Todavía no. ¿Cuál es tu número de telé­fono, Paula?
-¿Mi número?
Pedro asintió pacientemente.
Aunque Paula no podía imaginar por qué que­ría escuchar Pedro su contestador, le dio el nú­mero.
Él lo marcó, esperó un momento, y luego, frunciendo el ceño, colgó el auricular de golpe.
-Maldición.
-¿Qué sucede? -preguntó Paula con cautela. PEdro la miró con expresión de disculpa.
-Ha contestado un hombre.
Paula se quedó fría. Había un desconocido en su apartamento, rebuscando entre sus cosas, in­miscuyéndose en su vida, comprobando sus lla­madas.
-Llama a la policía -insistió-. Diles que hay alguien en mi apartamento que no tiene de­recho a estar allí. ¡Maldita sea, Pedro, haz algo!
Pedro se levantó, la tomó por los antebrazos y la miró fijamente a los ojos.
-Tranquilízate.
-¿Que me tranquilice? ¿Que me tranquilice? -repitió Paula, incrédula-. Se suponía que íba­mos a cenar. Eso era todo. Y ahora un hombre ha recibido un disparo, alguien me ha agarrado y ha tratado de ahogarme, otro nos ha dispara­do, y ahora estamos en este destartalado motel de Marietta mientras algún desconocido se dedi­ca a husmear en mi apartamento. Dices que no sabes lo que está pasando, pero no quieres lla­mar a la policía. ¿Cómo quieres que me tranquili­ce?
-Sólo era una sugerencia -contestó Pedro con suavidad-. Pero si vas a sentirte mejor po­niéndote histérica, hazlo.
Paula adelantó ligeramente la barbilla.
-No voy a ponerme histérica.
-Buena elección.
-No te pongas condescendiente conmigo, Pedro. Teniendo en cuenta todo lo que ha suce­dido, creo que estoy llevando bastante bien la tarde.
-Por supuesto que la estás llevando bien. Y no pretendo ser condescendiente contigo. En primer lugar, estoy tratando de disculparme por haberte metido en este lío -los ojos azules de Pedro se oscurecieron a la vez que su rostro adquiría un gesto de pesar-. Si hubiera sospechado que las cosas iban a ponerse tan mal nunca se me habría ocurrido llevarte a la exposición. Se suponía que lo único que debía hacer era encontrarme con alguien en el servicio de caballeros, recoger un sobre y marcharme. Pensé que podrías ser una buena cobertura para la tarde, hacer que mi presencia en la galería resultara menos sospechosa, y que después podríamos ir a cenar y a pasarlo bien. No sospechaba nada de lo que ha sucedido.
Paula lo creyó.
-¿Era el hombre del peluquín el que tenía que darte el sobre? preguntó-. ¿El que se llamaba Botkin?
Pedro hizo una mueca.
-Odio repetirme, pero lo cierto es que no lo sé. Supongo que sí lo era.
-¿Qué...?
Pedro interrumpió a Paula con otra pregunta. -¿Por qué no nos comemos los sándwiches y luego te cuento lo que sé? Después, trataré de averiguar qué diablos ha pasado.
Paula asintió.
-De acuerdo. ¿Qué quieres beber?
Pedro le dedicó una sonrisa ladeada.
-Me vendría bien un whisky doble, pero me conformo con un refresco. Siéntate, yo voy por él. ¿Qué te apetece a ti?
-Un zumo de naranja -teniendo en cuenta lo nerviosa que estaba, Paula pensó que la cafeína no sería lo más adecuado.
Unos momentos después, mientras comían, Pedro murmuró:
-Iba a llevarte a un sitio muy agradable. Lo cierto es que esta tarde esperaba impresionarte.
-Puedes estar seguro de que lo has conseguido -respondió Paula en tono irónico.
-Pero no como lo tenía pensado.
Paula dio un sorbo a su zumo de naranja. -Háblame del caso.
Mientras comía su sandwich, Pedro fue informándole del asunto.
-Recibí una llamada de alguien de una compañía de seguros para la que trabajo a veces, Igual que también trabajo a veces para tu bufete.
-Mi antiguo bufete -corrigió Paula. Pedro asintió.


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Aca les dejo los dos capitulos! Espero que comenten! Tw @Floor_PauChaves

3 comentarios:

  1. Se esta poniendo buena!! Pobre pau ella q esperaba una cena tranquila jaja mimiroxb

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  2. Si todas las citas de Pedro van hacer tan emocionantes, Pau debe llevar chaleco antibalas jajajajaja buenisimos los caps... anotada para los siguientes

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