-El caso es que la persona que me llamó no era mi contacto habitual, pero ya que no siempre hablo con el mismo, no me extrañó demasiado.
¿Has dicho que te pidió que te encontraras con alguien en la galería de arte para recoger un sobre?
En lugar de contestar directamente, Pedro hizo otra pregunta.
-¿Has oído hablas de C. Jackson y Willfort?
-Por supuesto. ¿Quién no ha oído hablar de él?
El multimillonario era una figura prominente de la sociedad de Georgia. Tenía un lujoso piso en Atlanta y una opulenta mansión en Savannah. Era casi tan conocido por las fiestas que daba como por sus conservadores puntos de vista políticos y sus generosas donaciones.
Últimamente corrían rumores de que quería presentarse a gobernador o, tal vez, a senador. Paula había oído incluso rumores de que tenía sus miras puestas en el Despacho Oval.
-¿Sabías que es un ávido coleccionista de arte?
Paula asintió.
-¿No le habían robado últimamente unas valiosas pinturas de su colección?
-Sí. Entraron en su casa en Atlanta y se llevaron dinero, joyas, y varias de las pinturas que se iban a exponer en el vestíbulo de un famoso banco local. Era la primera vez de Willfort se decidía a compartir parte de su colección privada con el público, de manera que el hecho llamó la atención. Al parecer, alguien averiguó que las pinturas estaban en la casa y logró llevárselas.
Paula frunció el ceño.
-Imagino que en una casa en la que hay dinero, joyas y valiosos cuadros, habrá un sofisticado sistema de seguridad.
-Lo había. Un guardia resultó seriamente herido. Parecía un trabajo profesional.
-¿Realizado desde el interior, tal vez? -sugirió Paula, pensando en toda la televisión que había visto durante las dos semanas pasadas. Pedro se encogió de hombros. -Es una posibilidad.
-¿La compañía de seguros para la que trabajas era la aseguradora de los objetos robados?
-Sí. Me llaman a menudo para casos como éste, bien para que trate de recuperar la mercancía o para que me asegure de que no tratan de engañar a la aseguradora. Todo lo que me dijeron en esta ocasión fue que alguien que trabaja para la galería Pryce, alguien que temía dar su nombre, tenía cierta información referente al robo. Como ya te he dicho, yo tenía que encontrarme con él en el servicio de caballeros, donde me entregaría un sobre. Luego debía salir de la galería, comprobar lo que había en el sobre para ver si contenía algo de interés, y llamar a mi cliente al número que me había dado. Rápido. Sencillo. Seguro... O, al menos, eso creí. Pero no apareció nadie en el servicio de caballeros, y cuando volví a recogerte... bueno, lo demás ya lo sabes.
-Entonces, ¿qué fue mal?
Pedro se pasó una mano por el pelo.
-Ojalá lo supiera.
-¿Por qué no llamas a la policía? -finalmente, Paula hizo la pregunta que más la preocupaba. Cada vez que había mencionado a la policía, la expresión de Pedro se había cerrado. Quería saber por qué.
Pedro miró su reloj y luego tomó el mando a distancia del televisor, que se hallaba junto al teléfono.
-¿Vas a ver la televisión? -preguntó Paula, incrédula.
-Quiero ver las noticias locales -replicó
Pedro, apretando el botón-. Antes de llamar a la policía, puede ser buena idea ver qué dicen sobre lo sucedido.
Paula trató de mostrarse paciente mientras Pedro se concentraba en el informativo. Varias noticias de ámbito nacional encabezaron éste, pero, después, el presentador mencionó el robo que había tenido lugar esa tarde en una galería de arte local. Habían robado dinero y una colección de valiosas miniaturas enmarcadas que se hallaban almacenadas en un despacho trasero para una próxima exposición.
Paula trató de mostrarse paciente mientras Pedro se concentraba en el informativo. Varias noticias de ámbito nacional encabezaron éste, pero, después, el presentador mencionó el robo que había tenido lugar esa tarde en una galería de arte local. Habían robado dinero y una colección de valiosas miniaturas enmarcadas que se hallaban almacenadas en un despacho trasero para una próxima exposición.
-La policía busca a, un hombre y a una mujer, ambos rubios, de unos treinta años, que asistieron a la inauguración bajo el nombre de señor y señora Austin -explicó el presentador-. Si alguien tiene alguna información referente a este robo, se ruega se ponga en contacto con el departamento de policía de Atlanta.
Paula se volvió hacia Pedro, con ojos abiertos de par en par.
-¿La policía nos busca? ¿Y el hombre asesinado? ¿Y por qué no han mencionado mi nombre si ya saben quién soy?
-No creo que la policía tenga tantos detalles como nosotros sobre lo que ha pasado -replicó Pedro.
-¿Quieres decir que no saben que alguien resultó asesinado en la galería?
Pedro asintió.
Paula se puso en pie y fue hacia el teléfono. -Tenemos que decírselo a alguien, Pedro. Vimos el cadáver. Somos testigos.
Pedro se levantó, interponiéndose entre Paula y el teléfono.
-Somos sospechosos.
Sus palabras hicieron que Paula se quedara sin aliento. Movió la cabeza lentamente.
-Nadie creerá que hemos tenido algo que ver con esto.
-Estábamos allí con nombres falsos. Fuimos a la parte trasera de la galería durante la inauguración. Estoy seguro de que hay un par de leales empleados de la galería dispuestos a jurar que nos vieron salir del despacho. Los mismos que trataron de pegarnos un tiro.
-Pero tú eres un investigador privado. Estabas allí por un caso. Y yo trabajo para un importante bufete... o, al menos, trabajaba.
-En general, a los policías no les caen demasiado bien los investigadores privados -murmuró Pedro-. Y, de momento, no puedo ponerme en contacto con mi cliente para demostrar que estaba allí haciendo mi trabajo. Tengo algunos amigos en el Cuerpo de Policía, pero prefiero esperar a tener más información antes de arriesgarme a que nos sometan a un interrogatorio.
--¿Qué tratas de decirme, Pedro?
Él movió la cabeza.
-Nada específico -aseguró-. Es sólo... Bueno, tengo un presentimiento.
Paula alzó una ceja.
-¿Un presentimiento?
Casi habría podido jurar que las mejillas de Pedro se ruborizaron mientras se aclaraba la garganta y apartaba la mirada.
-A veces sé cuando algo va mal, llevo oyendo campanillas mentales de advertencia sobre este asunto desde que he descubierto que el número que me dieron no funciona.
Paula entrecerró los ojos.
-Estás diciendo que eres... ¿Qué? ¿Un *****?
Pedro frunció el ceño.
-Digamos que he aprendido a fiarme de mi instinto.
-Y tu instinto te dice que no llames a la policía.
-Sí -Pedro miró a Paula a los ojos-. No sé qué está pasando y siento mucho haberte metido en este lío. Sé que piensas que deberíamos llamar a la policía, contarles lo sucedido y dejar que se hagan cargo de todo. Si eso es lo que quieres que haga, llamaré y correremos el riesgo.
-Pero tu instinto te dice que eso sería un error -concluyó Paula, lentamente.
Sin apartar la mirada de ella, Pedro asintió.
Paula respiró profundamente.
-Tienes mucha más experiencia que yo en esta clase de cosas -dijo, tras una larga pausa-. Haz lo que consideres más oportuno.
Para su sorpresa, Pedro inclinó la cabeza y le dio un rápido y duro beso en la boca.
-Gracias por, confiar en mí -murmuró.
Iba a tener que dejar de hacer eso, pensó Paula mientras él se apartaba. Por algún extraño motivo, su mente dejaba de funcionar cuando los labios de Pedro la tocaban.
Él descolgó el teléfono y marcó un número.
-Soy Pedro -dijo, sin molestarse en añadir su apellido-. Necesito que me hagas un favor.
Quien fuera la persona con la que estaba hablando, debió aceptar sin dudarlo.
Mientras Pedro seguía dando instrucciones, Paula se preguntó si habría alguien capaz de negarle algo a aquel hombre.
El hecho de estar allí en aquella habitación con él, involucrada en aquella locura, demostraba que era extremadamente persuasivo. Iba a tener que mantenerse en guardia para evitar que la liara aún más de lo que ya estaba.
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