jueves, 5 de marzo de 2015

Prólogo -Aventura De Amor-

Paula Chaves no quería abrir la caja. No quería.
Mirando el contenedor de plástico que sostenía en las manos, del tamaño de una caja de zapatos, pensó en lo presumida y orgullosa que se había sentido cuando la había cerrado, quince años atrás. Sin haber cumplido aún los catorce, ya era una jovencita destinada a tener gran éxito en cualquier cosa que se propusiera.
Nadie, y menos aún ella, habría creído entonces que dos meses antes de cumplir los veintinueve se convertiría en un rotundo fracaso.
«Despedida».
La palabra resonó en su mente. El desgraciado acontecimiento había tenido lugar el día anterior, y aún trataba de asimilarlo.
Qué extraña casualidad que hubiera tenido que ir a su casa en Honoria, Georgia, para asistir esa mañana al funeral de su tío Josiah. Un funeral resultaba muy apropiado ese día. El final de los sufrimientos de su tío. El final de su carrera.
Aún no había comunicado a su familia lo sucedido. No podía admitir, ni siquiera ante los que la querían, que había fallado tan rotundamente.
-Vamos, Paula -la ánimo Emily, su prima de veintiséis años, que sostenía en sus manos una caja parecida a la de Paula-. Abre tu cápsula del tiempo.
Cápsula del tiempo. Así fue como las tres primas, Paula, Emily y  Savannah McBride, llamaron a sus cajas cuando las llenaron de recuerdos de su infancia y adolescencia para enterrarlas en el bosque que había tras la casa de Emily. Ese día hicieron la solemne promesa de desenterrarlas quince años después y leer las cartas que se habían escrito a sí mismas, para comprobar si sus sueños de juventud se habían hecho realidad.
Entonces les pareció una idea divertida, algo con lo que llenar una perezosa tarde de verano. Paula pensaba que la idea de la cápsula del tiempo fue de Savannah, pero todas participaron en ella entusiasmadas. De hecho, aquellas estúpidas cartas fueron idea suya. Estaba tan segura de que su cerebro y ambición la llevarían, a donde quisiera... Entonces no podía imaginar el lío en que se habría convertido su vida cuando volviera a leer la carta.
Ahora, a Paula le habría gustado que aquella tarde se hubieran limitado a ir al cine.
Miró a sus primas. Savannah, que estaba a punto de cumplir los treinta y aún era tan bella como en su adolescencia, no parecía mucho más entusiasmada que ella con la idea de volver al pasado. Sólo Emily parecía estar disfrutando con aquella pequeña aventura.
Paula supuso que Emily agradecía cualquier distracción en aquellos momentos. Era su padre el que había sido enterrado esa mañana, dejándola sola en una casa llena de recuerdos.
Por ella, Paula se esforzó en sonreír mientras, finalmente, abría la caja y revisaba su contenido. Allí estaban las distinciones del colegio, las medallas, las pruebas que la habían definido como una super dotada. Y aquella carta para sí misma, detallando las altas metas que pretendía conquistar.
Miró con tristeza la caja, comprendiendo que nunca había tenido un sueño que no hubiera sido plantado en su cabeza por las expectativas de otros. Ahora que había perdido la oportunidad de llevar adelante la brillante carrera que todo el mundo le había predicho, no tenía ni idea de qué hacer a continuación. No tenía un solo sueño propio que perseguir.
Nunca se había sentido tan perdida, tan sola. Y, por primera vez en su vida, tenía muchas más preguntas que respuestas.
¿Qué iba a hacer ahora?

Dos semanas después, una tarde de principios de junio, Paula estaba sentada a solas en su caro y bellamente decorado apartamento de Atlanta; un apartamento adecuado para una joven y brillante abogada camino de convertirse en socia de un antiguo y afamado bufete. Pero Paula no obtenía ningún placer viendo lo que la rodeaba. Sólo podía pensar en cómo iba a arreglárselas para pagar el exorbitante alquiler ahora que no tenía sueldo.
Como casi todos los días desde que había regresado de Honoria, estaba acurrucada en el sofá, viendo una serie en televisión, con varios recipientes de comida china dispersos por la mesa de café que tenía ante sí. El cielo estaba cubierto de nubes grises, pero no se había molestado en encender las luces. La penumbra encajaba mejor con su estado de ánimo.
Esa mañana se había puesto una camiseta blanca, unos anchos pantalones cortos de color gris y un par de calcetines blancos. Su pelo rubio, casi albino, caía despeinado sobre sus hombros. No se había maquillado. Su único régimen de belleza durante los últimos días había consistido en limpiarse los dientes.                              
El teléfono sonaba ocasionalmente, pero dejaba que saltara el contestador. Su familia pensaba que estaba de viaje de negocios. Sus pocos amigos en Atlanta, que conocían la verdad sobre su trabajo, pensaban que seguía en Honoria. Dudaba que alguien sospechara que llevaba todo ese tiempo refugiada en su apartamento, hundiéndose lentamente en una depresión de la que no parecía poder salir.
Se odiaba a sí misma por estar comportándose de aquella manera. No era su estilo gimotear y enfurruñarse. Pero tampoco la habían despedido nunca hasta entonces. Nunca en su vida había fallado realmente en nada... y ahora sólo era capaz de quedarse en su apartamento preguntándose qué había ido mal.
Había tratado de hacer lo correcto; siempre había procurado seguir las reglas y tomar las decisiones correctas. Durante toda su vida había hecho lo que todo el mundo quería que hiciera, lo que todo el mundo esperaba que hiciera, lográndolo siempre con éxito. Sin embargo, la primera vez que se había rebelado, la primera vez que se había negado a seguir las reglas, a cumplir con lo que se esperaba de ella a pesar de que creía honradamente que los demás estaban equivocados, había sido despedida.
Y ahora no sabía qué hacer; las expectativas de quién colmar. Haber sido despedida por mantenerse firme en sus convicciones le había hecho preguntarse si alguna vez en su vida había hecho algo que no fuera cumpliendo el deseo de alguien.
El timbre de la puerta sonó una vez, luego otra. Lo ignoró.
Un momento después, alguien se puso a golpear la puerta. Paula frunció el ceño y se acurrucó aún más en el sofá.
Los golpes no cesaron. En todo caso, se volvieron más insistentes.
Finalmente, se puso en pie, y fue hasta la puerta, decidida a enviar a paseo a quien fuera, antes de que la volviera más loca de lo que ya estaba.
Irritada, abrió sin molestarse en mirar antes de quién se trataba.
El hombre que estaba en el umbral de su puerta podría haber salido de un musical de los años treinta. Desde el sombrero gris en su cabeza rubia hasta los tirantes negros y blancos que llevaba con una camisa de color amarillo pálido y unos flojos pantalones de color oscuro, todo evidenciaba que era alguien que no seguía más moda que la suya para vestir. A pesar de su urgente insistencia en llamar, su expresión no podía parecer más despreocupada, como si no hubiera tenido la más mínima duda de que Paula iba a abrir.
-Oh, bien. Estás aquí -su sonrisa era perezosa y sus ojos despidieron un malicioso destello azul bajo la sombra del ala de su sombrero.
Paula se quedó boquiabierta.
-¿Pedro? -aunque aquel hombre había presidido sus fantasías durante los dos últimos años, era la última persona a la que habría esperado ver aquella tarde ante su puerta.
-Sí. ¿Tienes café? No he tomado cafeína en todo el día y empiezo a tener los primeros síntomas del síndrome de abstinencia. Aunque lo tengas instantáneo, preferiría que fuera recién hecho. No tiene por qué ser nada especial, mientras sea fuerte y esté caliente.
-Yo... er... -Paula se llevó una mano a la sien, pensando que tal vez se había quedado dormida en el sofá y estaba teniendo un sueño realmente extraño. ¿Estaría mala la comida china?
-Solo. Sin azúcar -Pedro pasó al interior como si, hubiera sido efusivamente invitado.
Paula se encontró sola junto a la puerta mientras él iba a sentarse en la mecedora.
-Hey, Hospital General --dijo Pedro, acomodándose frente al televisor-. Esos Quartermaines siempre están metidos en líos, ¿verdad?
-Pedro, ¿qué...?
-Si tienes alguna galleta para acompañar al café, tomaré alguna. Pero no te molestes por mí, ¿de acuerdo?
Paula miró de Pedro a la puerta con gesto aturdido, preguntándose cómo habría entrado. No podía creer que estuviera sentado en su apartamento pidiendo un café como si estuviera en una cafetería.
Hacía dos años que sufría lo que ella consideraba un absurdo enamoramiento adolescente por aquel hombre, aunque sabía que apenas había probabilidades de que surgiera algo de ello. No tenían conexión real. Pedro no había estado antes en su apartamento; nunca hubo motivo para ello. Sólo se trataba de alguien que había hecho algunos trabajos de investigación para la firma de abogados para la que trabajaba Paula... o, más bien, para la que había trabajado.
Ni siquiera sabía su apellido.
-No has venido en un momento muy oportuno, Pedro-dijo, repentinamente incómoda con su propio aspecto y el desorden que reinaba en su apartamento, que siempre solía estar impecable.
-Veo que te estabas tomando la tarde de descanso-replicó él en tono compasivo-. Todo el mundo merece una de vez en cuando. Siento de veras interrumpir tu día libre, pero hay algo que necesito discutir contigo. Hablaremos de ello mientras tomamos el café, ¿de acuerdo?
Paula pensó que no parecía tener intenciones de marchase sin contarle a qué había ido. Suspiró y cerró la puerta, encogiéndose de hombros con gesto fatalista.
Tal vez debería sentirse más inquieta por tener a un desconocido en casa. Pero no tenía miedo de Pedro, y, además, sentía curiosidad por conocer el motivo de su visita. Nunca había oído nada negativo sobre él a los miembros de la dirección del bufete, y ella, mejor que nadie, sabía que éstos eran muy exigentes con cualquiera que se relacionara profesionalmente con la firma Carpathy, Dillon y Delacroix. De hecho, siempre tuvo la impresión de que sus superiores sólo sentían respeto por Pedro y su trabajo.
Dadas las circunstancias, lo mejor que podía hacer era prepararle el café y averiguar qué hacía allí.
-Er... enseguida vuelvo-dijo, pasándose una mano por el revuelto pelo.
Pedro parecía muy interesado en la serie televisiva.
-No hay prisa-dijo.
-Extraño-murmuró Paula tras entrar en la cocina y abrir el armario donde guardaba el café-. Definitivamente extraño.
Lamentó no haberse tomado la molestia de maquillarse un poco aquella mañana.
Cuando, unos minutos después, regresó al salón con el café y las galletas, encontró a Pedro absorto en el drama que tenía lugar en la televisión. Se había quitado el sombrero, que ahora descansaba en un brazo de la mecedora, y su pelo rubio oscuro caía ligeramente revuelto sobre su frente. Le daba un aspecto tan atractivo que Paula notó cómo se le secaba la boca. Desafortunadamente, aquello le hizo aún más consciente de lo poco cuidado que tenía el suyo.
Pedro le había parecido un hombre extremadamente atractivo la primera vez que lo vio en el despacho, un par de años atrás. Y, sin duda alguna, era un tipo encantador. Nunca había dejado de detenerse unos momentos frente a su escritorio para bromear y flirtear un poco, sin resultar nunca molesto por ello.
Aunque Paula siempre había esperado secretamente aquellas infrecuentes visitas, también se esforzó siempre por analizarlas con objetividad, diciéndose que estaba bien que disfrutara de las atenciones de Pedro mientras no les diera mayor importancia de la que tenían. A fin de cuentas, Pedro se detenía ante los escritorios de todos los empleados del bufete, no sólo ante el suyo. Siempre supo que no era el tipo de mujer en que podría interesarse un investigador privado tan sexy y aventurero como él.
Y, desde luego, lo último que quería era su conmiseración, si es que ese era el motivo por el que estaba allí.
Pedro alzó la mirada y sonrió cuando Paula entró. Señalando la televisión, dijo:
-Esa gente nunca aprende, ¿verdad? Si vas a mentir... asegúrate de que no te atrapen. Paula alzó una ceja.
-No estoy segura de que esa sea la moraleja que buscaban los autores.
¿Moraleja? Es una serie, Paula.
-Cierto-Paula dejó la bandeja en la mesa, apartando con ella algunos de los cartones semivacíos de comida china-. Yo... er... mi apartamento no suele estar tan desordenado. He estado...
Pedro quitó importancia a las vacilantes palabras de Paula con un gesto de la mano.
-No te preocupes. Cuando me tomo un día de descanso, las tareas de la casa tampoco suelen ser una de mis prioridades.
-Yo no me estoy tomando un día de descanso. Me despidieron-Paula odiaba admitir la humillante verdad, pero sospechaba que, debido a sus conexiones con el bufete, Pedro ya lo sabría. De lo contrario, no habría esperado encontrarla en casa.
Con la boca llena de galletas, Pedro volvió a hacer el mismo gesto con la mano.
-Vacaciones. Despido-dijo, tras tragar las galletas-. ¿Qué diferencia hay?
Paula supuso que trataba de lograr que se sintiera mejor. No lo estaba consiguiendo.
-Hay una gran diferencia- dijo, con amargura.
Él se encogió de hombros.
-La cuestión es que tienes tiempo libre, ¿no? ¿O has encontrado ya un nuevo trabajo?
-No, todavía no-contestó Paula. Lo cierto era que ni siquiera lo había intentado. La mera idea de tener que admitir ante un posible jefe que había sido despedida de su último trabajo debido a su obstinación le hacía sentirse enferma.
Paula Chaves nunca había tenido que rogar para que le dieran un trabajo. Becas de estudios, honores y premios, impresionantes ofertas de empleo... todo había llovido sobre ella. Nunca necesitó pedir.
Nunca había fallado... hasta ahora.
-Estupendo.
El entusiasmo de Pedro la confundió. Frunció el ceño, mirándolo.
-Me alegra que te alegre.
Él rió.
-No pretendo parecer insensible. Lo cierto es que necesito ayuda para un caso y esperaba que estuvieras disponible para echarme una mano.
Paula no estaba segura de haber oído bien. -¿Un caso? Supongo que estás de broma, ¿no?
-No-Pedro dio otro sorbo a su taza-. Tu café es muy bueno. ¿Has hecho tú estas galletas? Están muy ricas.
-No, las compré en la pastelería—contestó Paula, distraída-. No estoy segura de comprender, Pedro. Si necesitas ayuda, yo no soy...
Él negó con la cabeza.
-Sé que estás demasiado cualificada para eso. Pero necesito que hagas un pequeño trabajo de encubrimiento conmigo.
Paula cada vez entendía menos. Pedro era investigador privado. Ella era una abogada especializada en impuestos... o, al menos, lo había sido hasta hacía dos semanas. ¿Cómo podía ayudarlo?
¿El caso tiene algo que ver con fraude fiscal?-preguntó.
-No. ¿En qué pastelería?
Paula parpadeó.
-¿Qué...? Oh, las galletas. En la pastelería Miller, a un par de bloques de aquí. Pedro mordió otra galleta.
-Realmente buenas-murmuró.
-Trata de centrarte en la conversación, por favor -dijo Paula, perdiendo la paciencia-. ¿Por qué has venido aquí?
Él dejó su taza en la mesa, unió las manos frente a sí y se inclinó hacia Paula.
-Te necesito, Paula Chaves. ¿Vas a ayudarme?

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Aca les dejo el prologo de esta ueva nove! Mañana empiezo con los capitulos!! Comenten porfii! 

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