El barrio por el que condujo Pedro era uno que Paula solía evitar. Edificios en ruinas, abandonados, y descampados llenos de basura los rodeaban. Aún era muy temprano, y apenas había tráfico ni personas caminando por las aceras. El nublado y gris cielo enfatizaba la desesperanza del lugar.
Pedro entró con la furgoneta en una callejuela especialmente oscura y fea y aparcó frente a un par de oxidados contenedores. Señaló con la cabeza una puerta de metal casi oculta por las sombras. El edificio parecía un almacén abandonado.
-Spider suele estar ahí a estas horas del día.
-¿Vive ahí? -la voz de Paula sonó un poco temblorosa incluso a sus propios oídos.
-A veces. ¿Vienes conmigo o esperas aquí fuera?
Paula alargó de inmediato la mano hacia la manija de la puerta.
-Yo me quedo cerca de ti.
-Me gusta cómo suena eso.
¿Cómo podía flirtear estando sus vidas en juego?, se preguntó Paula. Pero no pudo evitar devolverle la sonrisa.
-Te advierto que Spider es un tipo un poco raro.
-Te aseguro que, viendo dónde vive, esa posibilidad ya se me ha pasado por la cabeza.
Para sorpresa de Paula, la pesada puerta de metal no estaba cerrada. Sus roñosas bisagras chirriaron estrepitosamente. Quien quiera que hubiera dentro quedaba avisado dé su llegada.
No sabía si eso era bueno o malo.
Pedro la tomó de la mano y la condujo al interior. Dentro del viejo edificio olía a basura, a moho... y a otras cuantas cosas que Paula no quiso tratar de identificar. Parecía vacío, excepto por algunas pilas de trozos abandonados de vieja maquinaria. La poca luz que había entraba por una elevadas ventanas. Incluso aunque el sol hubiera brillado intensamente en el exterior, los sucios cristales apenas habrían permitido que sus rayos entraran.
Mientras avanzaban, Paula oyó algo que se arrastraba en un rincón, seguido de lo que sonó como el chillido, de una rata. Alzó la barbilla y ocultó su temor, decidida a comportarse con tanta despreocupación como Pedro.
De pronto, una voz ronca surgió de las sombras.
-Hola, Pedro.
Pedro se detuvo. Paula miró con cautela a su alrededor, pero no pudo ver al hombre que había hablado.
-Hola, Spider -contestó Pedro animadamente-. ¿Qué tal te va?
-No puedo quejarme. ¿Y a ti?
-Como de costumbre. Alguien trata de matarme. Creo que quieren cargarme un asesinato. Ya sabes... lo habitual.
Spider rió roncamente.
-Necesitas conseguir un trabajo un poco más excitante.
-Si, estoy pensando en hacerme contable.
-Como si alguien fuera a dejar su dinero en tus manos... ¿Qué es eso que llevas en el brazo?
Automáticamente, Paula miró el brazo de Pedro, preguntándose a qué se referiría aquel tipo. -Es mi amiga, Paula -contestó Pedro, y ella frunció el ceño al comprender-. Saluda a Spider.
-Hola, Spider -dijo Paula con cierta frialdad.
-Me alegro de conocerla, señorita. ¿Usted también es espía?
-Paula no es detective privado. Es abogada -contestó Pedro por ella.
-Oh. Abogada.
El tono de asco con que el hombre repitió la palabra hizo que Paula frunciera aún más el ceño. -Acaban de despedirla -dijo Pedro, con un leve matiz de diversión en su voz.
-Vaya, vaya -el tono de Spider resultó más aprobador-. ¿Y qué os trae a mi humilde casa?
-El caso del robo Willfort.
-¿Qué pasa con ese caso?
-Estoy buscando los cuadros -contestó Pedro en tono desenfadado-. Lo demás no me importa, sólo los cuadros.
-No puedo ayudarte -el rechazo de Spider sonó bastante amistoso, pero también firme.
-¿No puedes o no quieres? -preguntó Pedro.
-No puedo, amigo. Nadie sabe dónde están.
Al menos eso es lo que he oído.
Ahora fue Pedro quien frunció el ceño.
-¿Ni siquiera has oído un rumor?
-¿Ni siquiera has oído un rumor?
-¿Dudas de mi palabra, Pedro? -la voz de Spider se volvió casi un susurro.
Pedro suspiró sonoramente.
-Sabes que no, Spider. Sólo estoy frustrado, eso es todo.
-Sí, bueno... -el otro hombre aceptó de mala gana la disculpa implícita-. En mi opinión -añadió al cabo de un momento-, hay algo extraño en todo ese asunto.
-¿A qué te refieres?
-Nadie habla de ello. De hecho, todo el mundo parece cuidarse de hacerlo, si sabes a qué me refiero. No es algo muy normal.
-Así que piensas que no es un asunto meramente local.
-Estoy seguro de que no lo es. Si alguien supiera algo, sería yo.
Pedro sacó algo del bolsillo de sus vaqueros y lo dejó encima de un bidón vacío.
-Gracias por tu ayuda, Spider.
-Para eso están los amigos, hombre -dijo la voz carente de cuerpo-. Cuídese señorita. No deje que este tipo la meta en más problemas de los debidos, ¿de acuerdo?
Paula no supo muy bien cómo responder a aquello, de manera que se limitó a decir:
-Adiós, Spider.
Pedro se volvió y la condujo fuera del edificio sin decir nada más.
Aunque fuera hacía un día gris, salir de aquel edificio fue como pasar de la noche al día. Pedro inhaló agradecido el aire exterior, preguntándose cómo podía pasar tanto tiempo Spider en aquel lugar.
Soltó la mano de Paula para abrir la puerta de la furgoneta. Estaba impresionado por lo bien que había llevado el extraño encuentro con Spider, aunque la fuerza con que le había apretado la mano indicaba que no había estado tan tranquila como aparentaba.
-¿Te encuentras bien? -preguntó, una vez dentro del vehículo.
-Sí, gracias -respondió Paula con una amabilidad casi humorística.
-¿No has sentido miedo? -preguntó Pedro, flexionando los dedos de la mano para que recuperaran su flexibilidad habitual.
-No, por supuesto que no -replicó ella, retándolo a que la contradijera.
Pedro no pudo evitarlo. Se inclinó hacia ella y la besó en los labios. Y, tras un momento de duda, ella le respondió.
Cuando se separaron, Paula parpadeó como si acabara de despertar de un extraño sueño, cosa que hizo que Pedro deseara volver a besarla. Y así lo hizo.
-La verdad es que tengo que dejar de hacer esto -murmuró contra los labios de Paula.
-Sí -contestó ella con voz ronca.
Reacio, Pedro se apartó de ella, puso en marcha la furgoneta y salió del callejón.
Su encuentro con Spider no había sido tan productivo como esperaba, pero desde luego, le había dado algo en qué pensar.
-¿A dónde vamos ahora? -preguntó Paula mientras Pedro entraba en la autopista. Había empezado a llover torrencialmente hacía unos momentos, y tuvo que alzar un poco la voz para hacerse oír por encima de la tormenta.
-A otro motel, creo -contestó él-. Con este tiempo no podemos dedicarnos a peinar las calles en busca de información. Y quiero hacer otro par de llamadas. Esta vez buscaremos un sitio al otro lado de Atlanta... en Monroe, tal vez.
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