jueves, 12 de marzo de 2015

Capitulo 13 -Aventura De Amor-

-Oh, cuánto lo siento. Eras demasiado joven para perder a ambos. Lo siento tanto...
-Fue hace casi veinte años -murmuró Pedro, incómodo con la compasión de Paula.
-Pero aún duele -dijo ella, perceptiva.
Pedro permaneció unos momentos en silencio. Luego, se aclaró la garganta y contestó cándidamente:
-Sí. Aún odio los hospitales. Mi madre sobrevivió algunos días después del accidente, y siempre asocio los sonidos y los olores de los hospitales con su muerte -movió un momento la cabeza, como para apartar aquellos dolorosos recuerdos-. ¿Y tus padres? -preguntó, sintiendo que Paula tenía ganas de hablar.
-Aún viven en Honoria, Georgia, el pueblo en que nací. Mi padre es abogado y mi madre maestra. Somos la rama respetable de la familia Chaves -añadió Paula con cierta ironía.
Respetable. Una palabra que nunca se había aplicado a la familia de Pedro. Aquello sólo sirvió para recordarle lo diferentes que habían sido su infancia y la de Paula.
-¿En serio?
-Sí. Mamá y papá no han causado ningún escándalo en treinta años. Mis hermanos pequeños y yo fuimos niños casi perfectos. Yo fui a Harvard. Trevor trabaja para el Departamento de Estado de Washington D.C. Mi hermano menor, Trent, estudia para piloto del ejército. En conjunto, somos un modelo de respetabilidad, a diferencia del resto de los Chaves. O, al menos, lo éramos... hasta que hice que me despidieran - añadió Paula, tratando, sin éxito, de no hablar con amargura.
Pedro la miró especulativamente.
-Aún no has contado a tu familia lo que ha sucedido con tu trabajo, ¿no?
Paula apartó la mirada.
-No.
-¿Por qué no?
Ella se encogió de hombros.
-¿Temes que no comprendan? ¿Que se sientan decepcionados? -Pedro pensaba que una familia como la descrita por Paula apoyaría de inmediato a cualquiera de sus miembros que pasara por una mala racha. Al menos, eso era lo que siempre había imaginado que sucedía en las típicas familias.
Paula movió la cabeza.
-Sé que comprenderían, y que me apoyarían, aunque se sintieran decepcionados. Pero aún no me siento en condiciones de hablar sobre ello. Con nadie.
Pedro no pudo evitar pensar con cierta satisfacción que a él si le había hablado de su despido, al menos un poco. Se preguntó qué molestaba más a Paula, la pérdida de su posición o la humillación de sentir que había fallado en algo.
-¿Te gustaba tu trabajo? -preguntó.
Paula dudó tanto que Pedro sospechó que no sabía qué responder.
-No me disgustaba --dijo, finalmente—. Era un trabajo, simplemente. Y yo lo hacía bien... a pesar de la evidencia de lo contrario.
-Nunca lo he dudado -aseguró Pedro-. ¿Qué sucedió?
-Me negué a firmar algo que un importante cliente exigía. Era un refugio de impuestos en el extranjero... algo un tanto dudoso. Tras investigar durante meses, decidí que era muy arriesgado. No quise tener nada que ver con aquello. El cliente se empeñó, los socios del bufete me presionaron para que aceptara y me negué. Pensé que me apoyarían cuando llegara el momento de la verdad. No lo hicieron.
Pedro frunció el ceño.
-¿A pesar de que tenías razón?
Paula se encogió de hombros.
-Su estudio del asunto mostraba que su credibilidad resultaría apenas afectada si la cosa iba mal. La responsabilidad caería sobre el cliente... y había una pequeña probabilidad de que también cayera sobre mí. Los socios argumentaron que el cliente se buscaría otro bufete para hacer lo que quería, y no querían perderlo. De manera que me dieron la espalda y buscaron un abogado con menos escrúpulos.
-¿Qué vas a hacer ahora?
-No sé. No creo que vaya a conseguir una brillante carta de recomendación de Carpathy, Dillon y Delacroix.
-Te recuperarás -predijo Pedro con seguridad-. Irás a una entrevista con la cabeza bien alta y convencerás a tu próximo jefe de que sabes lo que haces y de que no dejas que nadie te haga salirte de tu camino. Lo que hiciste requirió valor e integridad, y seguro que encontrarás a alguien capaz de reconocer tu fuerza.
Paula no parecía muy convencida, pero Pedro estaba seguro de lo que decía.
-Estoy convencido de que puedes hacer cualquier cosa que te propongas, Paula Chaves -continuó-. Lo único que debes preguntarte es si realmente quieres hacerlo.
Hacía tanto tiempo que Paula no se hacía esa pregunta que ni siquiera sabía por dónde empezar a buscar la respuesta. Al parecer, se había pasado la vida haciendo lo que los otros querían que hiciera.
«Sé una buena chica, Paula. Estudia, Paula. Ve a Harvard, Paula. Estudia Derecho, Paula».
«Queda despedida, señorita Chaves».
Pensó en la infantil carta que se escribió a sí misma y enterró siendo una adolescente. Una carta llena de los sueños de otras personas, de las ambiciones que otras personas tenían para ella. Y comprendió que no estaba más cerca de saber realmente lo que quería que a los catorce años.
Pedro pareció comprender que Paula necesitaba algo de tiempo para pensar en lo que le había dicho, de manera que cambió de tema.
-¿Cuánta gente crees que habrá tratado de llamar a tu apartamento desde ayer?
Paula se mordió el labio inferior antes de contestar.
-Muy poca -contestó-. Mi familia cree que estoy de viaje. Mis amigos creen que sigo en Honoria. No esperaba que me llamara nadie.
-Me gustaría volver a llamar a tu apartamento. -murmuró Pedro; mirando el teléfono-. Sólo para ver quién contesta, si es que lo hace alguien. Pero no quiero que localicen la llamada, como sucedió en Marietta.
-¿No tienes un móvil? Con un móvil no se puede localizar la llamada, ¿no?
-Depende de con quién nos estemos enfrentando y del poder que tenga. Tal vez me arriesgaría... si no me hubiera dejado el móvil en el deportivo. Probablemente, a estas alturas lo tendrá la policía. Hablando de equivocaciones estúpidas...
Miró su reloj. Automáticamente, Paula hizo lo mismo, fijándose en que eran casi las dos. Un nuevo trueno retumbó en el exterior, y la lluvia arreció. De pronto, se sintió muy consciente de estar a solas con Pedro en aquella habitación. Se aclaró la garganta.
-Me gustaría que pudiéramos hacer algo para que el tiempo pasara más deprisa - murmuró, antes de pensar lo que decía.
La mirada de Pedro adquirió de inmediato la traviesa expresión que Paula empezaba a reconocer.
-Estoy seguro de que se me podrían ocurrir una o dos ideas -replicó.
Paula pensó que a ella también se le podían ocurrir algunas. Pero eso no significaba que fuera a llevarlas adelante.
Le dedicó una represiva mirada.
-Podemos ver la televisión.
-Yo estaba pensando en algo distinto -replicó Pedro, con exagerado pesar.
Paula tuvo que esforzarse para no sonreír. ¿Por qué tenía que ser Pedro tan encantador y atractivo?
-Compórtate -dijo.
Aparentemente satisfecho consigo mismo, Pedro tomó el mando a distancia de la televisión.
-Lo intentaré -dijo, y, tras seleccionar un canal en el que se reponía una vieja serie, se sentó cómodamente en la cama y se puso a mirarlo.
Paula no fue capaz de concentrarse en la serie televisiva. Tenía demasiados problemas propios como para interesarse en los ficticios embrollos de la pequeña pantalla. Y el menor de ellos no era precisamente su poco recomendable forma de reaccionar hacia el hombre que estaba sentado en la otra cama.

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