-Paula, Paula corazón, despierta.
Paula frunció el ceño al oír que la voz de Pedro invadía sus sueños, pero no despertó de inmediato. Murmuró algo más que él no pudo entender, pero parecía tan desasosegada que Pedro deseó abrazarla y hacer que desapareciera su temor.
Le acarició el rostro, con el pulso menos firme de lo que le habría gustado.
-Paula. Vamos, cariño, abre los ojos.
Paula hizo lo que te decía.
-¿Acabas de llamarme «cariño»? -preguntó, con la voz ronca debido al sueño.
La boca de Pedro se curvó en una sonrisa. -Estabas teniendo una pesadilla. Paula parpadeó.
-¿He dicho algo? -preguntó, preocupada.
-Nada coherente -aseguró él-. Sólo parecías muy inquieta.
Paula pasó una mano por su revuelto pelo e hizo un serio esfuerzo por despejarse. -¿Qué hora es?
Pedro miró su reloj.
-Casi las cinco.
-¿Has dormido algo?
-Lo suficiente -Pedro miro atentamente a Paula-. ¿Estás bien?
Ella apartó la mirada.
-Sí. Sólo ha sido un sueño tonto.
-Muy comprensible, teniendo en cuenta todo lo que te ha pasado hoy. ¿Te gustaría hablar de tu pesadilla?
-No -respondió Paula, con demasiada rapidez.
Pedro asintió.
-Bien.
-Ya te he dicho que era un sueño tonto. -No te preocupes, Paula. No tienes por qué contármelo si no quieres.
Ella trató de erguirse en la cama. Pedro le tendió una mano y se apartó para permitir que se sentara junto a él en el borde de la cama.
-¿Has pensado en alguna teoría que explique lo que nos está pasando? -preguntó Paula con cierta aspereza.
Pedro supo que trataba de ocultar su inseguridad tras la máscara de dura abogada que había desarrollado en su profesión.
Pedro supo que trataba de ocultar su inseguridad tras la máscara de dura abogada que había desarrollado en su profesión.
-He estado recapitulando todo lo sucedido durante la tarde -admitió-. Desde el principio.
-Parece buena idea. ¿Te importaría recapitular tu recapitulación para mi?
Pedro aún no había soltado la mano de Paula, y ahora no le apetecía hacerlo. Entrelazó sus dedos con los de ella, dejando que sus manos enlazadas descansaran entre ellos, sobre el colchón. Luego trató de concentrarse en la conversación.
-De acuerdo -dijo-. Fuimos a la galería de arte siguiendo una llamada de alguien que conocía los nombres de mis contactos habituales con la compañía de seguros, así como los procedimientos que ésta solía utilizar para ponerse en contacto conmigo.
-Pedro, ¿te has planteado alguna vez ir al psiquiatra para pedir consejo respecto a ese complejo de James Bond? -preguntó Paula, con una ironía que divirtió a Pedro.
Su boca se curvó en una sonrisa ladeada.
-De alguna forma tengo que divertirme.
Ella le devolvió la sonrisa con la mirada.
-Adelante.
-De acuerdo -Pedro se aclaró la garganta antes de continuar-. Una vez en la galería, y mientras contemplábamos un McCauley, se nos acercó un hombre con peluquín que parecía estar observándonos muy atentamente.
Pedro sospechó entonces que Botkin era el hombre que había concertado la cita, pero no se le ocurrió pensar que corriera peligro.
-A la hora acordada -continuó-, esperé en el servicio de caballeros a alguien que no apareció. Tras unos minutos, me asomé al vestíbulo y volví a la sala de exposiciones para echar un vistazo. Cuando volví, aún no había nadie en el baño ni en el vestíbulo, pero escuché un ruido procedente de una puerta abierta en el extremo del pasillo. Me había asomado a ese despacho antes de volver a la sala de exposiciones -añadió-. Entonces no había nadie allí.
-Lo que significa que el hombre del peluquín apareció por allí después de que tú te fueras. Y que el otro hombre, el que le disparó y me agarró, le seguía los pasos.
Pedro asintió.
-Debí esperar -murmuró, disgustado consigo mismo-. No debí dejarme distraer por...
«Ti». Interrumpió el final de la frase, haciendo que Paula lo mirara con gesto interrogante.
-El caso es que debería haber sido más paciente -añadió.
-Todo el mundo comete errores, Pedro - dijo Paula.
-Eso es algo que tú tampoco deberías olvidar -murmuró él-. Al menos, el error que cometiste en tu trabajo, si es que fue un error, no hizo que alguien resultara muerto.
-Y si tú hubieras esperado más tiempo en el vestíbulo de los servicios, podrías haber sido tú el muerto -le recordó Paula-. Es evidente que había alguien interesado en que no recibieras las información que el hombre iba a darte.
Pedro se pasó la mano que tenía libre por la barbilla.
-Todo lo que me dijo la persona que llamó fue que la información estaba relacionada con el robo Willfort.
-Y era tan importante que Botkin resultó asesinado antes de poder dártela.
-Eso es sólo una suposición -dijo Pedro-. Por lo que sabemos, podría haber sido asesinado por un marido celoso. O por alguien que trataba de robar en la galería. Puede que sólo fuera una coincidencia que tú y yo estuviéramos allí.
-¿De verdad crees eso?
Pedro dudó una fracción de segundo antes de negar con la cabeza.
-No. No creo demasiado en las coincidencias.
-Yo tampoco. Así que, al parecer, yo entré en el despacho justo después de que Botkin recibiera el disparo. El asesino me atrapó. Me preguntó qué estaba haciendo allí -Paula se estremeció al revivir la situación.
Pedro le estrechó la mano, reconfortándola.
-Luego me preguntó qué me había dicho Botkin cuando estaba arrodillada a su lado - continuó ella-. Aunque no habría podido contestarle ni aunque hubiera querido, porque tenía la mano firmemente apretada contra mi boca.
Pedro se volvió de pronto hacia ella.
-¿Cuando estabas arrodillada a su lado? Creía que tu asaltante te atrapó cuando acababas de entrar en el despacho.
Paula negó con la cabeza.
-Al principio no vi al hombre que me agarró por detrás. Tal vez estaba escondido en algún lugar del pasillo.
-Cuéntame todo lo que pasó en el despacho.
A Paula no le apetecía demasiado recordar aquellos desagradables momentos, pero asintió.
-Vi a Botkin en el suelo. Me arrodillé junto a él. Entonces el dijo... dijo...
-¿Qué? -preguntó Pedro, con urgencia. -Ellos sabían» -repitió Paula, despacio-. «Las pinturas eran...»
Pedro frunció el ceño.
¿Las pinturas eran qué?
-No lo sé. Eso fue todo lo que dijo. Al menos, creo que ésas fueron sus palabras. No era fácil entenderle.
-¿Nada más?
Paula negó con la cabeza.
-Eso fue todo. Enseguida, él otro hombre me sujetó por detrás. Pude echarle un buen vistazo, pero no le dije nada. No me dio oportunidad de hacerlo. Entonces llegaste tú.
-«Lo sabían» -repitió Pedro en un murmullo-. ¿Quiénes lo sabían? Y las pinturas que mencionó... ¿se referiría a las que fueron robadas del apartamento de Willfort? ¿Las que iban a ser expuestas?
Ya que Paula no tenía respuestas para aquellas preguntas, permaneció en silencio.
Pedro miró pensativamente la pared, murmurando en voz alta.
-Originalmente, Willfort compró las pinturas a la Pryce Gallery. Compra casi todos los cuadros de su colección privada a Liz Pryce.
-¿Liz Pryce?
-Hmm. Liz Pryce es dueña de la galería Pryce Gallery. Es la esposa de Avery Pryce.
-¿Avery Pryce, el abogado?
Pedro asintió.
-Eso es. El famoso Avery Pryce, el principal abogado de Atlanta. Es mucho mayor que su tercera esposa. Colocó a ésta en la galería nada más casarse con ella, hace diez años. Con tanto dinero e influencia, Liz Pryce ha tenido mucho éxito. Jackson Willfort es uno de sus principales clientes.
-¿Cómo sabes todo eso?
Pedro se encogió de hombros.
-Cuando me llamaron para decirme que tenían información referente al robo Willfort, averigüé todo lo qué pude sobre los jugadores antes de entrar en la partida.
-De manera que Jackson Willfort compró un par de pinturas de la Pryce Gallery y tenía intención de exponerlas en público. Las pinturas fueron robadas. Alguien de la galería tenía una información sobre el robo que pretendía compartir contigo, pero, probablemente, fue asesinado antes de que pudiera dártela. ¿Qué podía saber? ¿Quiénes tienen ahora mi nombre y mis señas y qué creen que sé que pudiera resultar perjudicial para ellos?
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Aca los dos caps del dia! Espero que les guste! Comenten porfasss! tw @Floor_PauChaves
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Wowwwwwwwww, cuántas intrigas!!!!! Geniales los 2 caps Flor.
ResponderEliminarMuy buenos capitulos !
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