Una pesada mano cubrió la boca de Paula antes de que pudiera gritar. Se resistió sin pensarlo, luchando inútilmente por librarse de los brazos del hombre.
-¿Quién diablos eres? -preguntó una grave y amenazadora voz junto a su oído-. ¿Y qué haces aquí? ¿Qué te ha dicho?
Paula logró volver la cabeza y mirar al hombre directamente a la cara. Memorizó en un instante sus rasgos y luego volvió a apartar el rostro.
-Supongo que no importa lo que dijera - murmuró su atacante-, porque no se lo vas a contar a nadie.
Paula apenas podía respirar. La enorme mano del hombre le cubría la nariz y la boca, impidiendo la entrada del aire. Su visión empezó a nublarse. Tiró de su mano, pero él apenas pareció notar sus frenéticos movimientos.
Silenciosamente, gritó el nombre de Pedro.
Alguien se precipitó hacía ellos por detrás. Paula oyó algo sólido golpeando contra la cabeza del hombre que la sujetaba. Éste cayó como un peso muerto, y estuvo a punto de arrastrarla al suelo consigo.
Una firmes manos la sujetaron por los brazos.
-¿Te encuentras bien? -preguntó Pedro. Boqueando en busca de aire, Paula asintió. -¿Qué...?
Un sonido de pasos hizo que Pedro se pusiera repentinamente rígido.
-Vamos -dijo, empujando a Paula sin miramientos hacia la puerta-. ¡Ahora!
- Pero...
-¡Muévete!
Algo en su tono de voz hizo que Paula reaccionara sin protestar. Dejó que la tomara de la mano y tirara de ella fuera del despacho. Al final del pasillo, a la izquierda, vieron a un hombre vestido de negro que bloqueaba el camino a la galería. Sostenía algo brillante en la mano.
Pedro giró a la derecha, arrastrando a Paula tras él mientras corría por el pasillo. Entraron en otra oficina. Al fondo de ésta había una puerta que daba a un callejón.
-Pedro...
Él no dudó.
-¡Corre!
Tambaleándose sobres sus altos tacones, Paula trató de mantener su paso. Algo golpeó violentamente la pared del edificio cercano a la puerta de la galería. Una ráfaga de fragmentos de ladrillo pareció explotar en la pared, pasando a escasos milímetros de su mejilla.
Pedro maldijo y tiró de ella.
-¡Deprisa!
Paula se dijo que no podía tratarse de una bala. Trató de convencerse de que había visto demasiada televisión durante las pasadas semanas. Pero la urgencia del tono de Pedro y el frío miedo que atenazó su pecho le hicieron a correr más deprisa.
Rodearon la parte frontal de la galería y llegaron al aparcamiento, que estaba lleno de vehículo y gente, bien yéndose o llegando tarde a la exposición. Sin bajar el ritmo de su carrera, Pedro zigzageó en torno a los obstáculos hacia su coche. Abrió las puertas con el control remoto y puso el coche en marcha casi antes de que Paula ocupara el asiento del acompañante.
Pisó el acelerador a fondo y el coche salió disparado hacia la salida con un chirrido de neumáticos. Paula cerró los ojos al ver que iban a estrellarse contra un Lexus que venía en dirección contraria. Sintió que la parte trasera del coche de Pedro coleteaba, pero éste lo enderezó enseguida y salieron del aparcamiento a toda velocidad.
-Nos siguen -dijo él, antes de que Paula pudiera recuperar el aliento para pedir una explicación-. Ponte el cinturón y agárrate fuerte.
Paula obedeció con manos temblorosas.
No se atrevió a preguntar qué pasaría si quien fuese el que los seguía los atrapaba.
PEdro tardó menos de cinco millas en despistar a sus perseguidores. Mientras conducía por uno de los barrios más lujosos de Buckhead, miró repetidamente el retrovisor, hasta que quedó convencido de haber eludido a su perseguidor. Sólo entonces volvió su atención hacia Paula, que permanecía en absoluto silencio, retorciendo las manos sobre su regazo en espera de una explicación.
Pedro deseó poder dársela. No tenía idea de cómo un caso que se suponía sencillo y seguro se había vuelto tan peligroso. Su misión consistía exclusivamente en recoger un sobre con información que le iba a entregar un contacto anónimo. Si hubiera tenido la más mínima sospecha de que el trabajo podía resultar peligroso, no se le había ocurrido invitar a Paula a que fuera con él.
-¿Te encuentras bien? -preguntó, reviviendo la conmoción que le produjo encontrarla luchando por su vida en ese despacho, con un hombre muerto a sus pies.
Paula replicó con otra pregunta. ¿Aún nos siguen?
-Los hemos perdido -aseguró Pedro.
Ella asintió, aunque no parecía especialmente aliviada..
-¿Puedes llevarme ahora a casa? Pedro suspiró.
-Ojalá pudiera hacerlo.
Paula le dedicó una mirada que debía haber intimidado a los inspectores de Hacienda en más de una ocasión.
-¿Qué quieres decir? ¿Por qué no me puedes llevar a casa?
-¿Dónde está tu bolso? -preguntó él con suavidad.
-Yo... -Paula miró a su alrededor un momento y luego hizo una mueca-. Lo dejé caer cuando vi a ese hombre tumbado en el suelo.
Pedro asintió.
-Eso era lo que me temía. El tipo que te tenía sujeta debió caer sobre él cuando lo golpeé.
Paula tragó con esfuerzo.
-¿Lo... estaba...?
Pedro entendió lo que trataba de preguntar.
-No lo maté. Probablemente sólo lo dejé inconsciente.
De hecho, aquel hombre probablemente estaba en el coche que los había seguido.
Paula respiró, aliviada.
-Gracias a Dios.
Pedro no consideró oportuno decirle que, cuando vio que aquel tipo le había puesto las manos encima, su primer impulso fue matarlo. La furia que sintió fue poderosa y violenta. Y ya que no se consideraba un hombre violento, su propia reacción lo había afectado.
-Ellos tienen tu bolso -elijo, con gesto serio-. Lo que significa que tienen tus señas y tus llaves. Si vamos a tu apartamento ahora, lo más probable es que haya alguien esperándonos.
-¿Alguien? -la voz de Paula sonó más aguda de lo habitual-. ¿Crees que puede haber alguien en mi apartamento? ¿Podrías ser un poco más específico?
Pedro giró en otra calle, miró el espejo retrovisor y luego trató de contestar.
-Me temo que en estos momentos no tengo muchos detalles. Confía en mí, Paula. No sé más que tú sobre lo que está pasando. Se suponía que estaba haciendo un trabajo fácil y seguro. Algo ha ido mal.
-Evidentemente -replicó Paula en tono sarcástico-. ¡Alguien nos ha disparado!
Pedro recordó el sonido de la pistola con silenciador seguido de inmediato por la bala que golpeó el muro a escasos centímetros del rostro de Paula, y notó que volvía a enfurecerse. Pero logró hablar con bastante naturalidad cuando dijo:
-Eso me temo.
Enfiló el coche hacia el noroeste, en dirección contraria al apartamento de Paula.
-¿A dónde vamos? -preguntó ella.
-A algún lugar seguro -replicó Pedro-. A un lugar en el que podamos hablar.
-¿Quiénes son ellos? El hombre que estaba caído en el suelo de la oficina, el que me agarró, el que nos disparó... ¿Qué tienen que ver todos ellos con tu caso?
Pedro no lo sabía. Pero sí sabía que Paula no encontraría ningún alivio en su ignorancia.
-Podremos hablar más cómodamente cuando no tenga que concentrarme en conducir - dijo, tomando el camino más fácil.
Paula captó la indirecta y permaneció en silencio. Pero Pedro sabía que sólo era un breve respiro.
Paula captó la indirecta y permaneció en silencio. Pero Pedro sabía que sólo era un breve respiro.
Fueron a un pequeño motel en Marietta. La construcción era bastante antigua, probablemente de finales de los años cuarenta, y las habitaciones de estuco se apiñaban en tomo al vestíbulo central. La pintura estaba descascarillada y todas ventanas necesitaban una buena limpieza, pero al menos el motel no parecía correr peligro de derrumbarse.
Sin molestarse en pasar por recepción, Pedro detuvo el coche frente al apartamento más alejado. Sacó una llave de su bolsillo y señaló la puerta con un gesto de la cabeza.
-Aquí estaremos seguros mientras hago algunas llamadas -dijo.
Paula miró con gesto indeciso la puerta del apartamento y luego a Pedro. Después de todo lo que le había sucedido por culpa de éste, ¿cómo esperaba que fuera a entrar con él? A fin de cuentas, apenas lo conocía.
Pedro le dedicó una rápida mirada.
-Supongo que sabes que estás perfectamente a salvo conmigo.
Lo cierto era que Paula no lo sabía. A causa de él, se había encontrado por primera vez en su vida frente al cañón de una pistola.
-Quiero saber qué está pasando.
-Yo también -contestó él, serio-. Pero no vamos a obtener ninguna respuesta quedándonos aquí sentados. Confía en mí.
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