-Empezaba a preguntarme qué ibas a sacar a continuación -dijo Paula.
Pedro le tendió el chándal.
-Puedes cambiarte en el baño. Yo llamaré mientras a mi amigo.
Paula estuvo a punto de atragantarse cuando se vio reflejada en el espejo del baño. Su pelo caía en pegados mechones en torno a su cabeza. Su traje estaba completamente arrugado y de su falda colgaban unos trozos de hierba seca. Sus medias tenían varias carreras, problablemente debidas a los matorrales junto a los que habían pasado para alcanzar la furgoneta.
Su rostro estaba pálido y ojeroso. Parecía un zombie. Se quitó el collar de perlas y lo guardó en el bolsillo derecho de su chaqueta. Luego se quitó el traje y se puso el chándal. Imaginó a Pedro llevando la misma ropa y se ruborizó. Pero debía admitir que así estaba mucho más cómoda.
Las prendas eran demasiado grandes para ella, por supuesto, pero los elásticos de la cintura, muñecas y tobillos, resultaron muy útiles. Desde luego, no era una vestimenta muy seductora, pensó, críticamente, pero tampoco estaba planeando seducir a Pedro.
Ese pensamiento ni siquiera se le había pasado por la cabeza hasta entonces.
«Mentirosa», dijo una vocecilla en su interior. Ella la ignoró.
Tras pasarse las manos por el pelo, pues carecía de cepillo o peine, abrió la puerta del baño y salió a la habitación con la chaqueta y la falda dobladas sobre un brazo.
Pedro colgó el teléfono y la miró con una ligera sonrisa.
Pedro colgó el teléfono y la miró con una ligera sonrisa.
-Así pareces mucho más cómoda.
Paula asintió.
-Lo estoy, gracias. ¿Has localizado a tu amigo?
Algo cambió en la expresión de Pedro.
-¿Por qué no te tumbas y descansas un rato? -dijo, a la vez que retiraba la colcha de una de las camas-. Hablaremos más tarde.
Paula entrecerró los ojos.
-¿Por qué no me dices qué pasa?
-No pasa nada importante.
Pedro no miró a Paula a los ojos cuando contestó y ella no le creyó.
-Habías dicho que no me ibas a ocultar nada.
-¿Incluso si se trata de algo que preferirías no escuchar?
-Sobre todo en ese caso -contestó Paula, cruzándose de brazos-. ¿Qué sucede?
-Mi amigo me ha dicho que se ha encontrado un deportivo negro abandonado en un motel en Marietta.
-¿El tuyo?
Pedro asintió.
-Ha dicho que la policía busca al dueño del vehículo, un hombre que se registró en el motel como Bradley Hunter, para interrogarlo respecto al robo en la galería.
-¿El coche está registrado a tu nombre? Pedro negó con la cabeza.
-Es de una compañía de alquiler de coches de Atlanta. Bradley Hunter fue el nombre que utilicé cuando lo alquilé.
-¿Utilizas alguna vez tu verdadero nombre? -preguntó Paula, exasperada.
-No muy a menudo.
-Así que alguien trata de convertirte en sospechoso de robo. Tal vez incluso de asesinato.
-Eso parece.
-¿Por qué?
-Buena pregunta. Ojalá tuviera la respuesta. ¿Por qué no ha salido mi nombre a la luz? -preguntó Paula-. Sabemos que lo tienen.
-Sabemos que «alguien lo tiene» -corrigió Pedro-. Pero no sabemos si se trata de la policía.
Paula se pasó una mano por el pelo, tratando de encontrar alguna lógica a una situación que no parecía tenerla.
Paula se pasó una mano por el pelo, tratando de encontrar alguna lógica a una situación que no parecía tenerla.
-¿Pero por qué? Si alguien está tratando de perjudicarnos, ¿no harían que la policía me buscara?
Pedro se inclinó para tomar los pies de Paula y colocarlos sobre la cama. Fue un indicio de lo cansada que estaba que no protestara cuando le hizo tumbarse sobre las almohadas, como si se tratara de una niña adormecida.
-Podemos hablar después de que descanses -dijo, sentándose en el borde del colchón junto a ella.
-No has respondido a mi pregunta -replicó ella.
-No sé por qué no ha aparecido tu nombre -respondió Pedro-. A menos que quienes nos, siguen piensen que sabes algo que pudiera serles útil si nos encuentran antes que la policía. O algo que pueda perjudicarlos si la policía nos encuentra antes.
-Pero yo no sé nada -protestó Paula-. Soy una víctima inocente de este lío.
-Lo sé muy bien, créeme -dijo Pedro con pesar.
Paula cerró los ojos.
-Tenemos que averiguar qué está pasando -murmuró.
-Lo haremos -aseguró Pedro. Se inclinó sobre ella, apoyando el brazo izquierdo a su lado, y apartó con suavidad un mechón de pelo de su frente.
Paula abrió los ojos al hacerse repentinamente consciente de que prácticamente estaba en brazos de Pedro. El rostro de éste estaba muy cerca del suyo y tenía los ojos fijos en su boca. La estaba mirando como a veces lo hacía en sus ensoñaciones: como si fuera una mujer a la que un hombre como él pudiera encontrar interesante. Excitante. Deseable.
Para ella él era así, por supuesto. Y más.
Era todo lo que ella nunca había sido.
Por un instante, sintió el loco impulso de alzar las manos, rodearle el cuello con los brazos y atraerlo hacia sí. Pero el escrupuloso autocontrol desarrollado a lo largo de los años de ejercicio de su profesión le permitió superar aquel imprudente impulso. Permaneció quieta, mirándolo, deseando que las cosas fueran distintas. Deseando ser distinta.
Unos momentos después, Pedro se apartó de ella con evidencia desgana.
-Descansa un poco, Paula. Yo vigilaré mientras.
No había mucha gente en la que Paula confiara lo suficiente como para ponerse en sus manos.
Extrañamente, y teniendo en cuenta que apenas lo conocía, confiaba en Pedro.
Ese fue el último pensamiento claro que tuvo antes de permitir que el sueño se apoderara de ella.
En el sueño de Paula, el hombre yacía en el suelo, sangrando, con los ojos abiertos y mirando los suyos. Silenciosamente, le rogaba que lo salvara.
Ella se volvió para correr en busca de ayuda, pero se encontró frente a sus socios en el bufete, Carpathy, Dillon y Delacroix.
-No se quede ahí boquiabierta, señorita Chaves -ordenó Mason Carpathy en tono severo, mirando por encima del borde de sus gafas-. Hágase cargo de la situación.
-Pero yo no sé cómo. Soy abogada, no doctora.
-¿Abogada? -Carpathy miró a sus colegas, que sonrieron con displicencia-. No muy buena, por cierto. La despedimos, ¿recuerda?
Paula movió la cabeza.
-Pero yo...
El hombre en el suelo gimió, alargando sus manos hacia ella.
-¿No va a ayudarle, señorita Chaves? -preguntó Earnest Dillon.
Paula se volvió hacia Lester Delacroix, el único socio que la defendió durante su caída, aunque incluso él se vio forzado a reconocer al final que el antiguo cliente que quería que la despidieran era más importante que una joven abogada.
-Por favor, señor Delacroix. Ayúdeme.
Él la miró con una mezcla de compasión y decepción.
-No quiso escuchar mi consejo antes, señorita Chaves. Si lo hubiera hecho, aún seguiría empleada aquí. ¿Por qué pide mi ayuda ahora?
-¡Pero esto es distinto! Por favor, no me haga...
El hombre del suelo jadeó, tosió. Sus ojos giraron hacia atrás.
Carpathy frunció el ceño.
-Lo ha dejado morir, señorita Chaves.
-No, yo...
Los otros socios movieron la cabeza.
-¿Es qué no puede hacer nada bien, señorita Chaves? -preguntó Dillon, críticamente.
-Pero esto no ha sido culpa mía -protestó Paula, sintiendo que sus ojos se llenaban de lágrimas-. Por favor, no sé...
-Es usted un auténtico fracaso, ¿verdad, señorita Chaves? -preguntó Delacroix con tristeza.
Paula miró al hombre muerto en el suelo.
-Pero no ha sido culpa mía -susurró, sintiéndose desesperadamente sola, asustada-. He hecho lo que he podido.
-Un fracaso -la palabra reverberó en torno a ella-. Es usted un fracaso, Paula Chaves. Un fracaso.
-----------------------------------------------
-----------------------------------------------
No hay comentarios:
Publicar un comentario