Sin apartar la mirada, él deslizó un dedo por la mandíbula de Paula, llevándolo después hasta su labio inferior, que se estremeció levemente bajo su tacto.
-¿Cómo puedes estar tan preciosa a esta hora de la mañana? -preguntó.
-Yo... er... -¿cómo se suponía que debía responder a aquello?
-No dejo de repetirme que sería un error aprovecharme de ti ahora que no tienes más opción que estar conmigo, pero haces que me resulte muy difícil tener las manos quietas, preciosa Paula Chaves.
Paula nunca se había considerado hermosa. Su prima Savannah era la belleza de la familia Chaves. Emily era bonita y dulce. Ella era... simplemente Paula. Inteligente. Competente. Atractiva a su manera. ¿Pero preciosa? No.
Pero la forma en que Pedro la miraba, la acariciaba, hacía que se sintiera hermosa. Y era una sensación muy agradable.
No pudo evitar pensar que él era el hermoso. Su pecho y sus brazos eran firmes, musculosos. Sin pensar en lo que hacía, alargó una mano y la deslizó hacia arriba por su antebrazo, dudando al alcanzar su hombro. Su contacto era aún mejor que su aspecto, decidió.
Pedro se inclinó hacia ella.
-Me gustaría mucho besarte, Paula-murmuró.
Ella deseaba realmente que lo hiciera. Pero aún temía acercarse demasiado a él. Querer demasiado. Volver a fracasar.
No trató de detenerlo cuando le acarició los labios con los suyos. Y no lo apartó cuando volvió a besarla.
El segundo beso fue más intenso que el precedente. Era como si cada vez que la besara, Pedro sintiera que tenía más derecho a hacerlo. Y tal vez fuera así, pensó Paula, mientras respondía a su beso sin reservas.
Apoyándose en los antebrazos, Pedro la presionó suavemente contra las almohadas, casi tocándola con su cuerpo. Bajo la suave tela del chándal, Paula sintió sus pechos sensibilizados, anhelando sus caricias. Casi podía sentir el calor de Pedro, y anhelaba atraerlo hacia sí, hasta que no hubiera distancia entre ellos.
Él murmuró algo contra su boca. Luego, tomándola por la barbilla, le hizo inclinar la cabeza contra la almohada en un ángulo más pronunciado. La besó como si estuviera hambriento de su sabor.
Cediendo sin resistencia alguna a la tentación, Paula le devolvió el beso con igual fervor. Deslizó una mano tras su hombro para acariciarle la espalda. Los músculos de Pedro se contrajeron bajo su tacto. Gimió roncamente.
La mano de Paula se topó de pronto con el contorno de una cicatriz que se hallaba bajo su omóplato izquierdo. Pedro quedó repentinamente paralizado. Luego alzó la cabeza, interrumpiendo el beso.
Un instante después estaba de pie junto a la cama, con los puños apretados a ambos lados del cuerpo. Aturdida, Paula notó que éstos le temblaban.
¿Qué había hecho para asustarlo así?
-Vuelve a dormir si quieres -dijo Pedro, evitando mirarla a los ojos-. Yo suelo levantarme temprano y esta mañana tengo varias cosas que hacer.
-Creo... -Paula tuvo que aclararse la garganta antes de completar la frase-. Creo que yo también voy a levantarme.
Pedro asintió, se volvió y salió de la habitación como si lo llamaran urgentemente de algún otro sitio.
-Utiliza lo que necesites -dijo, por encima del hombro-. A Stephanie no le importará.
Stephanie.
¿Cómo había podido olvidarse de la otra mujer?, se preguntó Paula. La mujer en cuya cama estaba acostada. La mujer con la que, probablemente, Pedro habría compartido aquel dormitorio.
Salió de la cama y se pasó una temblorosa mano por el pelo.
Era *******. Sin duda. Se estaba enamorando de un detective privado que no parecía creer en apellidos, que carecía de un hogar permanente, que tenía ropa en el piso de una modelo pelirroja cuyas piernas eran mucho más largas que las de ella. Sólo una tonta como ella sería capaz de caer en los brazos de un hombre como aquél.
Pero lo que le estaba sucediendo sólo se debía a la cercanía, se dijo. No tenía nadie más a quien acudir. Su dependencia de él era comprensible.
Y Pedro era un hombre excepcionalmente atractivo. Intrigantemente misterioso. Impredecible. Encantador. Cualquier mujer normal y saludable se habría sentido atraída por él en aquellas circunstancias.
Lo que debía hacer era recordarse constantemente que aquella situación era sólo temporal. Que eran el hombre equivocado y la mujer equivocada reunidos en el momento equivocado. No podía permitirse olvidar las advertencias de su sentido común.
No, si quería salir de aquella experiencia con el cuerpo y el corazón intactos.
Paula tomó una larga ducha, se lavó los dientes, se secó el pelo y se maquilló un poco. Tras vestirse, hizo la cama. Al apartarse de ésta, chocó involuntariamente contra la mesilla de noche, haciendo caer un pequeño marco de foto a la alfombra. Cuando lo recogió, el rostro de Pedro la miró sonriente. Se trataba de una foto tomada varios años antes. Su pelo, ligeramente largo y dorado, estaba agitado por el viento, y su sonrisa era brillante y despreocupada. Miraba a la persona que sostenía la cámara con evidente afecto.
Paula dejó el pequeño marco en la mesilla como si de pronto le hubiera quemado los dedos.
¿Qué más prueba necesitaba para convencerse de que no podía tomar en serio el flirteo de Pedro?
No importaba cuánto le apeteciera ceder.
Con el pelo aún mojado tras la larga y fría ducha que había tomado después de dejar a Paula, Pedro se puso unos vaqueros y una camisa de manga larga que sacó del armario empotrado del dormitorio.
Tenía que salir un rato de la casa. Sospechaba que Paula querría ir con él, pero esperaba convencerla para que se quedara. Allí estaría a salvo. Y él podría aprovechar aquel rato para recordar todos los motivos por los que no debía tener una relación con ella.
La cicatriz que Paula había descubierto en su espalda, causada por la bala de un demente, era sólo un recordatorio de las diferencias que había entre ellos. Paula tenía la clase de pasado con el que Pedro sólo había podido fantasear, y un futuro en el que nunca encajaría. Y dudaba que fuera la clase de mujer que se quedara satisfecha con unas cuantas noches de placer. sin ataduras, seguidas de una amistosa despedida.
Pedro no sabía cómo ofrecer más.
Estaba sentado a la mesa de la cocina con una taza de café a su lado y leyendo el periódico cuando entró Paula. Alzó la mirada y le sonrió. Ella notó de inmediato que los ojos de Pedro no reflejaron su sonrisa. Casi pudo ver la pared que había erigido entre ellos.
¿Qué había cambiado durante aquel beso? ¿Qué le había hecho apartarse de ella tan repentinamente? No pudo evitar preguntarse si Stephanie tendría algo que ver con la repentina reserva de Pedro.
-Lo que debemos hacer -dijo él, sin preámbulos- es entrar en la mansión de Jackson Willfort y echar un vistazo a su colección privada de cuadros.
Paula se sentó en una silla.
-¿Quieres entrar a escondidas en la mansión Willfort.? -preguntó, débilmente-. ¿No te parece peligroso? Sobre todo si Willfort está detrás de los tipos que nos buscan…
-No he dicho que tengamos que entrar a la fuerza -dijo Pedro, volviendo a mirar el periódico con gesto pensativo-. Sólo he dicho que tenemos que entrar.
-Supongo que esperas que llamemos al timbre y le pidamos al señor Willfort que nos deje ver su colección privada para comprobar si hay un par de cuadros cuyo robo ha sido denunciado por él mismo.
-No es eso exactamente lo que tenía pensado -respondió Pedro ignorando el tono sarcástico de Paula.
¿Por qué tengo la sensación de que ya has elaborado un plan que no me va a gustar?
Pedro sonrió.
-Al parecer no soy el único que tiene intuiciones fiables -la sonrisa desapareció de su rostro cuando alargó la mano y tomó un mechón del pelo de Paula entre sus dedos-. ¿Te has preguntado alguna vez lo que sentirías siendo pelirroja?
-Yo...
La sonrisa de Pedro se tornó maliciosa.
-Confía en mí, Paula. Vas a tener un aspecto estupendo.
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