Paula recordó al hombre tirando débilmente de su chaqueta cuando estaba junto a él. ¿Lo haría entonces?
De pronto, se llevó la mano a la boca, recordando algo más: la palmada que le dio Botkin y que ella encontró tan ofensiva.
Pedro la miró atentamente.
-¿Has recordado algo?
Paula asintió.
-Creo que Botkin la puso en mi bolsillo mientras mirábamos aquella fea pintura marrón y amarilla. Pensé... que me estaba tocando el trasero. Al parecer estaba metiendo esto en mi bolsillo.
-¿Que pensaste qué? -Pedro sonrió, pero enseguida volvió a ponerse serio-. Así que metió el sobre en tu bolsillo antes de la hora a la que se suponía que debíamos encontrarnos. Lo que podría significar que sospechaba que lo vigilaban.
Paula se mordió el labio inferior, recordando las palabras del moribundo. «Ellos lo sabían»
-Dime de qué se trata -ordenó a Pedro, señalando con la cabeza los papeles que sostenía en la mano-. Dime qué significa.
-Significa que tú y yo nos vamos a Savannah -contestó Pedro con tranquilidad.
¿A Savannah? ¿La ciudad?
Él alzó una ceja.
-¿Conoces otra?
-Bueno, lo cierto es que sí, pero no importa. ¿Por qué vamos a ir a Savannah?
-Te lo diré en el camino -prometió Pedro-. Vamos a recoger.
Paula esperó a estar en la furgoneta para volver sobre el asunto.
-Ahora dime qué había en el sobre y por qué vamos a Savannah.
En lugar de contestar, Pedro hizo una pregunta.
-¿Qué pensarías si te dijera que tengo motivos para creer que las pinturas robadas del piso de Willfort en Atlanta eran falsificaciones?
-¿Las que Willfort iba a exponer en público? ¿Las que compró a la Pryce Gallery?
Pedro asintió.
Paula frunció el ceño.
-Teniendo en cuenta lo que me dijo el moribundo, lo primero que me preguntaría sería quién sabía que eran falsificaciones. Luego me preguntaría que probabilidades había de que el robo se hubiera llevado a cabo con intenciones de defraudar al seguro... Sobre todo después de que Spider nos dijera que no había trazas de los cuadros en los lugares por los que normalmente circulaban las cosas robadas.
-La mente legal -murmuró Pedro, con sincera admiración-. Ambas preguntas son muy buenas.
-¿Tienes motivos reales para creer que las pinturas eran falsificaciones?
-Si los papeles que hay en el sobre son auténticos, entonces sí, las tengo.
-Entonces, alguien de la galería, probablemente el hombre que resultó asesinado, sabía que las pinturas eran falsas y se puso en contacto con alguien de la compañía de seguros que, a su vez, se puso en contacto contigo. Alguien más lo averiguó y lo asesinó por ello. Probablemente, el asesino estaba rebuscando en los bolsillos de Botkin cuando entraste en el despacho y lo interrumpiste. Pero no le habría servido de nada porque Botkin ya te había pasado a ti el sobre.
Paula se mordió el labio inferior.
-Así que vamos a averiguar si Willfort estaba implicado en el asunto, ¿no?
-Básicamente -asintió Pedro.
-¿No sería más lógico que nos quedáramos en Atlanta? Liz Pryce está en Atlanta. Las pinturas falsificadas procedían de su galería Las pinturas fueron robadas de la casa de Willfort en Atlanta. Tu informador fue asesinado en la galería.
-Atlanta es un lugar demasiado peligroso para nosotros ahora. Hay demasiada gente buscándonos, incluyendo a la policía. Tengo el presentimiento de que encontraremos algunas respuestas en Savannah.
-Estas, er... intuiciones tuyas, ¿hasta qué punto son de fiar?
-Mucho.
-Pero ayer no te indicaron que algo iba mal en la galería.
Pedro hizo una mueca.
-No.
-Así que no son infalibles.
-Nunca he dicho que lo fueran.
-¿Qué vamos a hacer cuando lleguemos a Savannah?
-Lo pensaremos cuando estemos allí --contestó Pedro, aparentemente despreocupado por su falta de plan.
-¿Te importa si enciendo la radio?
-Adelante.
Iba a ser un largo viaje a Savannah, pensó Paula mientras giraba el botón. Y no quería pensar en lo agradable que resultaba estar dentro de la furgoneta mientras llovía y con Pedro a escasos centímetros de ella.
Le resultaría más fácil mantener las distancias con él si lo consideraba simplemente un amigo temporal. Las circunstancias los habían reunido, eso era todo. No debía olvidarlo en ningún momento.
Tras más de una hora viajando, hicieron una parada para tomar algo en un restaurante de la carretera. Paula pidió un zumo y Pedro un enorme helado y un trozo de tarta. Mientras le veía comer, y recordando la doble hamburguesa de queso con patatas que había almorzado, ella pensó que era increíble que se mantuviera delgado comiendo como comía.
Pedro sonrió cuando, finalmente, Paula le hizo la pregunta.
-Es mi metabolismo. La mayoría del tiempo trato de comer alimentos saludables, pero de vez en cuando me gusta tomar una buena hamburguesa y un helado.
Una vez más, Paula creyó percibir un leve acento tejano en la voz de Pedro.
-¿Dónde te criaste, Pedro?
Él se encogió de hombros.
-En todas partes. Mi familia viajaba mucho.
-¿Cuánto tiempo llevas viviendo en Georgia?
-¿Quién ha dicho que viva en Georgia?
Paula parpadeó.
-¿No es así?
-Sólo ocasionalmente.
Paula pensó en el hotel de Marietta.
-¿Dónde vives cuando no estás en este estado?
-Aquí y allí.
-¿No tienes una casa permanente en ningún lugar?
-Trabajo fuera de Tejas bastante a menudo. Tengo una casita en las colinas de Tennessee a la que suelo ir cuando estoy libre.
A Paula le pareció que llevaba una vida muy solitaria.
-¿No tienes familia?
-No. Vivo por mi cuenta.
Había tantas preguntas que Paula habría querido hacerle... Por qué vivía como vivía, por qué necesitaba tener furgonetas aparcadas por ahí, habitaciones de moteles reservadas bajo un nombre falso... Por qué carecía de un hogar, de una familia, incluso de posesiones. Pero sabía que todo aquello no era asunto suyo y que Pedro sólo se lo contaría si quisiera que lo supiera.
Adoptando un tono ligero, preguntó:
-¿No te ha dicho nunca nadie que eres un poco extraño, Pedro?
Él sonrió.
-Bastante a menudo.
-¿Y no te molesta?
-Me he acostumbrado. ¿Seguro que no quieres helado ni nada?
-No, gracias.
-Entonces será mejor que nos pongamos en marcha.
Cuanto más cosas sabía de Pedro, menos sentía que lo conocía, pensó Paula mientras subían de nuevo a la furgoneta. Y más intrigada se sentía.
Hacía años que Paula no iba a Savannah. Casi había olvidado lo bonita que era, con sus antiguos edificios, sus calles empedradas, sus magnolios y abundantes azaleas.
Bajó de la furgoneta y se estiró, agradeciendo poder hacerlo tras las horas pasadas en la carretera. Miró con curiosidad los bonitos jardines de la urbanización frente a la que había aparcado Pedro.
-¿Dónde estamos?
-Una amiga mía tiene un piso aquí. Viaja mucho, y ahora está fuera de la ciudad, pero tengo permiso para usarlo siempre que lo necesite.
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