Con el vestido verde y los zapatos negros de tacón, Paula siguió a Pedro mientras entraban en un pequeño y elegante restaurante italiano. Pedro aún no le había explicado exactamente con quién iban a verse. Sólo le había dicho que se trataba de un viejo amigo que podía tener alguna información para ellos.
Ocuparon una mesa al fondo del comedor e informaron al camarero de que esperaban a alguien. Pedro encargó una botella de vino blanco mientras aguardaban.
-Sólo para que estés preparada, te advierto que mi amigo es un poco... raro -dijo, después de que les llevaran el vino.
Paula hizo una mueca.
Paula hizo una mueca.
-Al menos, esta vez vamos a encontrarnos con tu amigo en un entorno más agradable.
Pedro sonrió y enseguida entrecerró los ojos.
-Aquí llega Perry.
El hombre que se acercó a la mesa era alto, delgado, y tenía el pelo rubio color arena. Iba totalmente vestido de negro. Había algo en él que puso de inmediato en marcha los sistemas de precaución mental de Paula... sistemas que había desarrollado a lo largo de sus años de relacionarse con inspectores de Hacienda.
Había conocido a más de un estafador en su vida, y su instinto le decía que estaba a punto de conocer a otro.
Pedro se levantó y estrechó con evidente calidez la mano del otro hombre. Paula percibió de inmediato que había un fuerte lazo de unión entre ellos.
Pedro se levantó y estrechó con evidente calidez la mano del otro hombre. Paula percibió de inmediato que había un fuerte lazo de unión entre ellos.
Tras unas breves palabras de saludo y algunos oscuros comentarios que Paula fue apenas capaz de seguir, el recién llegado se volvió hacia ella.
-Éste es Perry -dijo Pedro, sin añadir ningún apellido.
Paula alargó su mano.
Perry la tomó y se la llevó a los labios. Aquel gesto hizo que Paula recordara el de Pedro, aunque su reacción fue totalmente diferente con éste. Si hubiera tenido el bolso a mano, lo habría sujetado firmemente.
-Pedro me había dicho que iba a estar acompañado por una dama, pero no mencionó lo guapa que era -dijo Perry, con un marcado acento sureño. Un acento que Paula conocía bien de su infancia en Honoria, Georgia. Ella se había esforzado en suavizar el suyo cuando estudió en Harvard, pues sabía desde pequeña que, a menudo, el acento del sur solía confundirse con un bajo nivel intelectual.
Murmuró algo intrascendente en respuesta a la galantería de Perry y miró a Pedro en busca de algún indicio sobre cómo manejar a aquel tipo.
-Siéntate, Perry -dijo Pedro-. ¿Te apetece un poco de vino? ¿Tienes hambre?
Perry dedicó a Pedro una perezosa y ladeada sonrisa mientras sé sentaba.
-Ya sabes que siempre tengo hambre. Soy capaz de comer cualquier cosa que no trate de morderme a mí antes.
Parecía decidido a confirmar sus palabras cuando eligió su menú. Empezó con un fuerte aperitivo, seguido de una sopa, un plato de carne y otro de pescado, advirtiendo al camarero que pediría el postre después. Por la forma de reaccionar de Pedro cada vez que Perry pedía un nuevo plato, Paula dedujo que su socio se iba a encargar de la cuenta.
Resultó que Perry no era muy dado a hablar mientras comía. Sólo cuando terminó de hacerlo pareció relajarse lo suficiente como para mostrarse un poco más hablador. Al parecer, Pedro conocía bien las costumbres de su amigo, pues tampoco trató de entablar conversación con él hasta que le sirvieron el café.
-¿Qué tal te ha ido últimamente? -preguntó.
Perry se encogió de hombros.
-No puedo quejarme.
-¿Sigues haciendo el circuito?
-De vez en cuando.
-¿El circuito? -Paula miró con curiosidad de Pedro a Perry-. ¿Te refieres al circuito de rodeos?
Perry rió.
-No exactamente.
Pedro se aclaró la garganta.
Paulafrunció el ceño. Sus sospechas previas se hacían cada vez más definidas.
-Soy lo que suele llamarse un fullero, señorita -dijo Perry, sin mostrar el más mínimo arrepentimiento por su declaración.
Paula suspiró.
-Un timador.
-Esa es otra forma de llamarlo –asintió Perry.
-Paula es abogada -murmuró Pedro. Perry alzó las cejas con gesto interesado.
-¿Sí? He tenido tratos con algunos abogados.
Podría decirse que seguimos la misma línea de trabajo.
Paula abrió los ojos de par en par. Empezaba a cansarse de que los cuestionables amigos de Pedro hicieran dudosos comentarios sobre su profesión.
-Yo no diría exactamente eso.
Al ver la sonrisa de Pedro sintió deseos de darle una patada en la espinilla.
-Si eso hace que te sientas mejor, te diré que no me dedico a quedarme con los ahorros de los jubilados ni nada parecido -dijo Perry . Sobre todo me gano la vida con las cartas y el juego.
-Perry es un buen amigo, Paula -dijo Pedro con sencillez-. Le confiaría mi vida.
Paula suavizó su gesto.
-No pretendo juzgarte, Perry. Sé que has venido a ayudarnos y te lo agradezco.
-No tienes por qué disculparte -aseguró él.
Pedro asintió y se centró en el asunto que tenían entre manos.
-Esta tarde te he explicado más o menos la situación en la que nos encontramos. Perry asintió.
-Parece que estáis metidos en un buen lío.
Paula empezaba a preguntarse si Perry utilizaría aquel marcado acento sureño como un disfraz, ocultando sus verdaderos pensamientos tras clichés y tópicos. Le habría gustado saber cómo Pedro y él habían llegado a ser tan amigos.
¿Qué puedes contarme que no sepa ya sobre Jack Willfort? -preguntó Pedro.
Perry se encogió de hombros.
-Corren rumores de que planea presentarse a las próximas elecciones.
-Eso ya lo sé.
-Se dice que va a basarse en su reputación como sólido hombre de familia y piedra angular de la comunidad.
-Vamos, Perry, necesito algo más que eso.
-Se rumorea que lleva años de relaciones con una rica casada de Atlanta.
Pedro alzó tina ceja.
-¿De verdad?
-Como ya he dicho, es un rumor. -Pedro miró a Paula.
-¿Liz Pryce? -susurró ella.
Pedro miró a Perry, que se encogió de hombros.
-Nada de nombres, amigo.
-¿Algo más?
Perry se aclaró la garganta.
-Tal vez.
Sonriendo irónicamente, Pedro-deslizó algo sobre la mesa hacia su amigo, que lo tomó y lo guardó en un bolsillo sin mirarlo.
-He oído decir que hay un par de cuadros en su colección que no deberían estar ahí.
-¿Y dónde deberían estar?
Perry se encogió de hombros.
-Donde se guardan las pinturas robadas. ¿Hay tiendas de empeño para cosas como ésa?
Pedro miró rápidamente a su alrededor y luego se inclinó hacia el otro hombre.
-¿Me estás diciendo que las pinturas nunca fueron robadas?
-Sólo te estoy contando algunos rumores que he oído. Lo que deduzcas es cosa tuya - Perry terminó su café de un trago y se levantó de la mesa-. Y ahora, si me disculpáis, tengo una cita. Me alegro de haberte visto, Pedro.
Los dos hombres estrecharon solemnemente sus manos. Después, Perry volvió a alzar una mano de Paula y se la llevó a los labios.
-Ha sido un verdadero placer conocerte - dijo, cuando se la soltó.
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