martes, 10 de marzo de 2015

Capitulo 9 -Aventura De Amor-

-No sé qué trataba de decirte Botkin, pero vamos a tratar de averiguarlo. Nuestros «amigos» te buscan porque creen que te contó demasiado. Y no quieren que tú lo reveles. En cuanto a mí, no están seguros de quién soy ni cuánto sé, pero probablemente esperan que la poli los guie hasta mí, y entonces podrán hacerse cargo de los dos.
-¿Crees que aún estarán en mi apartamento?
Eso parecía preocupar a Paula casi tanto como todo lo demás.
-No sé -dijo Pedro con suavidad-. Pero podemos asumir que de momento no es seguro ir allí.
Paula respiró profundamente antes de volver a hablar con firmeza.
-¿Y ahora qué hacemos?
Pedro sonrió. Llevó una mano de Paula a sus labios y besó sus nudillos.
-Parece que estamos a punto de ser socios en una investigación, Paula Chaves dijo, con el acento tejano que a veces imitaba-. ¿Crees que podrás soportarlo?
Podía soportarlo, se dijo Paula. Podía hacerse a la idea de que alguien la buscaba, probablemente con intención de matarla y por motivos que no llegaba a comprender.
Pero no estaba igualmente segura de poder controlarse respecto a Pedro. No si seguía sonriéndole de aquella manera y besándola.
A su manera, Pedro era tan peligroso para su paz mental como el hombre que tal vez seguía en su apartamento, esperándola.
-No has dormido demasiado -dijo Pedro, soltándole finalmente la mano-. ¿Te apetece seguir un poco más?
-Ahora sería incapaz de dormir. Pero me encantaría darme una ducha.
Pedro asintió. Luego frunció el ceño. -Pero no tienes ropa limpia que ponerte.
-No tengo nada -dijo Paula con sencillez-. Ni champú, ni cepillo para el pelo, ni cepillo de dientes, ni ropa interior.
Pedro se levantó.
-De acuerdo -dijo y rebuscó en su bolsa. Sacó una botella de plástico y una camisa de hombre que dejó sobre la cama-. Aquí hay un poco de champú. Date una ducha y utiliza la camisa como bata. Yo voy a buscar una tienda de veinticuatro horas. Compraré algunas cosas y también algo de ropa para ti. ¿Qué talla usas?
«No estará pensando en comprarme ropa interior», pensó Paula, mordiéndose el labio mientras lo miraba.
-Estamos metidos en una situación difícil, Paula -dijo Pedro, pacientemente-. Vamos a tener que ser prácticos. Hasta que resolvamos esto, vamos a pasar mucho tiempo juntos. Es la única manera que voy a tener de protegerte. Hasta ahora has confiado en mí. No dejes de hacerlo.
Enfadada consigo misma por comportarse como una colegiala, Paula asintió.
-Confío en ti. Lo siento, pero no sé muy bien qué hacer. Estoy completamente fuera de mi elemento.
-Te aseguro que conozco la sensación, cariño -había un matiz irónico en el tono de Pedro que Paula no llegó a entender-. ¿Cuáles son tus medidas?
Paula tomó el bloc de papel y el bolígrafo que había en la mesilla de noche. Sin más dudas, escribió su talla de sostén, braguitas, camisa, pantalones y zapatos. Luego entregó la hoja a Pedro.
Él se volvió y se encaminó hacia la puerta. -No tardaré -dijo-. Echa la cadena a la puerta y, excepto a mí, no abras a nadie.
Paula asintió.
-Ten cuidado.
Pedro le dedicó una arrogante sonrisa. ¿Estás preocupada por mí?
-No. Lo que pasa es que necesito un cepillo de dientes.
-¿Qué color prefieres?
-Rosa -contestó Paula, sin dudarlo. Pedro arrugó la nariz.
-¿Vas a hacerme ir a la tienda a pedir un cepillo rosa?
Ella sonrió. Pedro ni siquiera había parpadeado ante la idea de tener que comprar ropa interior, pero protestaba por un cepillo de dientes rosa.
-No vuelvas sin él -dijo, imperativamente. Pedro rió y salió del dormitorio.
Poco más de media hora después, con los brazos cargados de bolsas, Pedro llamaba a la puerta de la habitación.
-Soy yo -dijo, al oír a Paula al otro lado-. Y tengo tu cepillo rosa -añadió, para que no le quedara ninguna duda de que se trataba de él.
La puerta se abrió. Paula estaba al otro lado, con el pelo mojado y el rostro limpio, vestida con la camisa de Pedro, que le llegaba a las rodillas. Bajo la camisa, sus piernas y pies estaban desnudos.
Y, a pesar de que Pedro le había pedido que confiara en él, y de su promesa privada de no aprovecharse de la dependencia temporal de Paula, no pudo evitar sentirse golpeado por una oleada de deseo tan intenso, que tuvo que aclararse la garganta. Había deseado a Paula Chaves desde la primera vez que la vio y ahora la deseaba aún más.
Se dijo que ni siquiera debía pensar en nada de aquello hasta que la hubiera sacado del lío en que la había metido. Pero estaba tan atractiva, recién duchada y sin nada más que la camisa...
Incómoda, Paula se apartó y lo dejó pasar. Luego cerró la puerta. Tratando de hacer que se sintiera relajada, Pedro ocultó su reacción y dejó sobre la cama todas las bolsas que llevaba, excepto una.
-La posibilidad de elección era bastante limitada, pero esto servirá de momento. También he traído el desayuno -añadió.
Paula rebuscó en las bolsas azules que había sobre la cama. Sacó unos vaqueros y dos camisetas, una blanca y azul y otra blanca con rayas rojas, un paquete de calcetines, unas zapatillas deportivas blancas, una barra de desodorante, un cepillo para el pelo y un secador de viaje. Pedro había comprado todo lo que creía que podía necesitar una mujer en su situación. Se ruborizó cuando encontró la ropa interior que había seleccionado: unas braguitas de encaje y un pequeño sostén blanco.
A Pedro le gustaba ver cómo se ruborizaba. Tenía la sensación de que no era algo que hiciera muy a menudo.
Y entonces Paula encontró lo que había en el fondo de una de las bolsas. Un estuche de maquillaje. Colorete, máscara y lápiz de labios. Pedro había tenido que pedir consejo para aquello, pero, a juzgar por la reacción de Paula, había merecido la pena. Había esperado que a Paula le gustara aquel detalle, pero no se le había ocurrido imaginar que fuera a mirarlo con sus preciosos ojos azules brillando a causa de las lágrimas.
-Yo... supongo que no es tan bueno como lo que probablemente comprarás en Sacks, o en Neiman, pero es lo mejor que he podido encontrar a estas horas.
—Gracias, Pedro.
Las lágrimas, el ligero temblor de su labio inferior, la ligera ronquera de la voz de Paula, llegaron a lo más hondo de Pedro.
-Es sólo maquillaje, cariño.
Paula le dedicó una insegura mirada y luego se frotó la mejilla con el dorso de la mano.
-Lo sé. Supongo que estoy un poco cansada.
-Necesitas comer - dijo Pedro animadamente, dispuesto a hacer lo que fuera para que Paula dejara de llorar-. He comprado unos bollos. Espero que te guste el dulce de moras.
Paula sonrió.
-Me encanta el dulce de moras.
Aliviado al ver que tenía de nuevo sus emociones bajo control, Pedro asintió.
-Hay dos tazas de plástico con café enfriándose en el fondo de la bolsa. Será mejor que te vistas rápidamente.
Paula recogió su nueva ropa.
-Sólo tardo un minuto -prometió.
Al pasar junto a Pedro, camino del baño, se detuvo un momento. Tras un momento de duda, se puso de puntillas y lo besó en la mejilla.
-Ha sido un gesto muy dulce por tu parte, Pedro -murmuró mientras se aparaba-. Gracias.
Sin detenerse a pensar lo que hacía, Pedro pasó una mano tras el pelo mojado de Paula, la atrajo hacia sí y le dio un fuerte y prolongado beso en los labios. Aquella era la tercera ocasión que la besaba, y cada vez le sabía más dulce, más invitadora. Si no tenía cuidado, si no dejaba de perderse en aquellos adictivos besos, iba a cometer una estupidez monumental.

-----------------------------------

No hay comentarios:

Publicar un comentario