viernes, 13 de marzo de 2015

Capitulo 16 -Aventura De Amor-

-Una amiga-. Paula se sorprendió un poco ante su inmediata reacción al oír aquella palabra y las preguntas que pasaron al instante por su cerebro. Preguntas que no eran asunto suyo.
«Concéntrate en lo que estás haciendo, Paula».
-¿Tienes... la llave? -preguntó, en tono forzadamente despreocupado.
-Sí. Me dio una para emergencias como ésta.
Evidentemente, Pedro no llevaba una vida tan solitaria como Paula había imaginado.
Quince minutos después, entraban en un piso maravillosamente amueblado y con una vista del río Savannah que quitaba el aliento.
-Es precioso -murmuró Paula.
Pedro parecía sentirse a sus anchas mientras arrojaba su sombrero vaquero sobre una mesa baja.
-Stephanie sabe cuidarse.
-Stephanie.
-Es muy... amable por su parte dejar que nos quedemos aquí.
Pedro asintió.
-Voy a ducharme y a cambiarme antes de hacer unas llamadas. Instálate como si estuvieras en tu casa, ¿de acuerdo? En el frigorífico habrá algún zumo y refrescos. También hay una televisión en el armario si te apetece verla.
Paula no encendió la televisión ni abrió el frigorífico cuando Pedro desapareció. En lugar de ello, salió al balcón, donde pudo disfrutar del agradable olor que había dejado la lluvia en el ambiente y pensar en todo lo sucedido.
Apenas era consciente del tiempo que había pasado cuando Pedro habló tras ella, sobresaltándola.
-Se está bien aquí fuera, ¿verdad?
-Sí, es...
Paula se volvió, quedándose muda al ver que que Pedro llevaba una camisa azul, pantalones grises y tirantes grises. También se había cambiado de calzado, y ahora, en lugar de las botas llevaba unos mocasines negros. No había duda de que la ropa era suya. Y no la llevaba en su bolsa de viaje.
Haciendo un esfuerzo, logró sonreír.
-Sí -repitió-. Es un lugar precioso.
Pedro se apoyó contra el marco de la puerta y se cruzó de brazos.
-Me gustaría llevarte a cenar -dijo. Paula alzó las cejas.
-Así fue como empezó este lío.
Pedro sonrió forzadamente.
-Lo sé. Y ésta es otra cena de trabajo.
-¿Con otro de tus extraños amigos?
-Me temo que sí.
Paula se pasó las manos por los vaqueros.
-Espero que no vayamos a ningún sitio demasiado elegante -murmuró, sintiéndose mal vestida en comparación con Pedro. —Querrás cambiarte.
-Tengo el traje que llevé ayer ---,dijo Paula-. Está muy arrugado, pero seguro que en esta casa habrá una plancha.
Pedro negó con la cabeza.
-Aquí encontraremos algo para ti. Stephanie y tú sois más o menos de la misma talla, aunque ella es un poco más alta.
-No quiero husmear en los armarios de tu amiga, Pedro-protestó Paula, espantada ante la mera idea de hacerlo.
-A ella no le importará.
Paula negó con la cabeza.
-No.
Pedro alargó sus manos, tomó las de Paula y le acarició el dorso de ambas con los pulgares.
-Vamos -dijo-. Seguro que encontramos algo que te siente bien.
-En serio, Pedro, yo...
Pero él ya se estaba moviendo, tirando con suavidad de ella y hablando sin cesar para desconcertarla. Una vez en la habitación, abrió la puerta de un armario que era más grande que todo el dormitorio de Paula en Atlanta. Se quedó boquiabierta.
Nunca había visto tanta ropa en su vida. Sedas, satenes, lentejuelas, ropa informal, deportiva, de vestir, cientos de pares de zapatos cuidadosamente ordenados en una pared llena de cubículos...
-Se nota que a tu amiga le gusta la ropa - dijo, débilmente, consciente de la simpleza de su comentario.
Pedro ya estaba rebuscando en las baldas.
-La ropa tiene mucha importancia en su profesión. Es modelo.
«Cómo no», pensó Paula.
-De todos modos, no puedo utilizar sus cosas así como así. Eso sería ir más allá de las fronteras de la mera hospitalidad.
-Confía en mí; no le importará. ¿Quieres que la llame para que te lo diga personalmente?
-¡No! Quiero decir...
Pedro volvió a tomarla de las manos y le dedicó una de sus devastadoras sonrisas.
-Cariño, ahora mismo no tengo tiempo de ir de compras. Ponte esta tarde algo de Stephanie y trataremos de conseguir algo más mañana por la mañana, ¿de acuerdo?
Hacía que sonara tan lógico..., pensó Paula. Como si hubiera sido totalmente infantil e irrazonable que se negara. Y la forma en que le sostenía las manos y la miraba producía el efecto de una especie de cortocircuito en su cerebro.
Suspiró.
-De acuerdo. Pero sólo esta noche.
Pedro deslizó los labios por los nudillos de una de sus manos, provocándole un cosquilleo que le llegó hasta los pies. Sus miradas se encontraron sobre sus manos enlazadas, y Paula se quedó sin aliento. Entreabrió los labios involuntariamente, esperando el beso que parecía inevitable.
Entonces, Pedro dejó caer las manos y se volvió hacia el armario.
-De acuerdo, estamos buscando algo bonito y elegante, pero sin exagerar. Los trajes pantalón no te vendrán bien, porque Stephanie tiene las piernas más largas que tú.
Aún sin aliento debido a aquel momento de pura conciencia sexual, Paula se sobresaltó ante el recuerdo de dónde estaban y por qué.
Pedro sacó un vestido de punto color verde esmeralda. Probablemente sería corto como una minifalda en las largas piernas de Stephanie, pero en Paula resultaría más discreto. Y el tejido hacia que la talla no resultara demasiado importante.
Ella asintió, aún reacia.
-Es bonito.
-A Steph le gusta mucho el verde. Es pelirroja y le sienta muy bien.
Paula se dijo que era muy inmaduro por su parte sentir animosidad hacia una mujer que ni siquiera conocía, sobre todo teniendo en cuenta que le había ofrecido su casa y su vestuario... aunque ella no lo supiera.
Pedro ya estaba rebuscando entre los zapatos.
-Tengo los míos -dijo Paula, rápidamente-. Están en la furgoneta.
Pedro asintió.
-Iré por ellos mientras te cambias. Date una ducha si quieres. En el baño hay todo lo que puedas necesitar.
Cuando, unos minutos después, Paula entró en el baño del dormitorio, se sintió poseída por una especie de temeraria expectación que la sorprendió. ¿Quién habría podido imaginar que la idea de ir con un vestido prestado a investigar un robo de obras de arte que podía estar conectado con un asesinato le resultaría tan estimulante y emocionante? Pero sabía que, en parte, aquel sentimiento de euforia también se debía a que estaba con Pedro. 
Medio en serio, medio en broma, se preguntó si todo lo sucedido habría afectado su capacidad de razonar. Porque, en todo lo referente a Pedro, cada vez le resultaba más difícil comportarse como la mujer cautelosa y razonable que siempre había creído ser.

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Capitulo 15 -Aventura De Amor-

Paula recordó al hombre tirando débilmente de su chaqueta cuando estaba junto a él. ¿Lo haría entonces?
De pronto, se llevó la mano a la boca, recordando algo más: la palmada que le dio Botkin y que ella encontró tan ofensiva.
Pedro la miró atentamente.
-¿Has recordado algo?
Paula asintió.
-Creo que Botkin la puso en mi bolsillo mientras mirábamos aquella fea pintura marrón y amarilla. Pensé... que me estaba tocando el trasero. Al parecer estaba metiendo esto en mi bolsillo.
-¿Que pensaste qué? -Pedro sonrió, pero enseguida volvió a ponerse serio-. Así que metió el sobre en tu bolsillo antes de la hora a la que se suponía que debíamos encontrarnos. Lo que podría significar que sospechaba que lo vigilaban.
Paula se mordió el labio inferior, recordando las palabras del moribundo. «Ellos lo sabían»
-Dime de qué se trata -ordenó a Pedro, señalando con la cabeza los papeles que sostenía en la mano-. Dime qué significa.
-Significa que tú y yo nos vamos a Savannah -contestó Pedro con tranquilidad.
¿A Savannah? ¿La ciudad?
Él alzó una ceja.
-¿Conoces otra?
-Bueno, lo cierto es que sí, pero no importa. ¿Por qué vamos a ir a Savannah?
-Te lo diré en el camino -prometió Pedro-. Vamos a recoger.
Paula esperó a estar en la furgoneta para volver sobre el asunto.
-Ahora dime qué había en el sobre y por qué vamos a Savannah.
En lugar de contestar, Pedro hizo una pregunta.
-¿Qué pensarías si te dijera que tengo motivos para creer que las pinturas robadas del piso de Willfort en Atlanta eran falsificaciones?
-¿Las que Willfort iba a exponer en público? ¿Las que compró a la Pryce Gallery?
Pedro asintió.
Paula frunció el ceño.
-Teniendo en cuenta lo que me dijo el moribundo, lo primero que me preguntaría sería quién sabía que eran falsificaciones. Luego me preguntaría que probabilidades había de que el robo se hubiera llevado a cabo con intenciones de defraudar al seguro... Sobre todo después de que Spider nos dijera que no había trazas de los cuadros en los lugares por los que normalmente circulaban las cosas robadas.
-La mente legal -murmuró Pedro, con sincera admiración-. Ambas preguntas son muy buenas.
-¿Tienes motivos reales para creer que las pinturas eran falsificaciones?
-Si los papeles que hay en el sobre son auténticos, entonces sí, las tengo.
-Entonces, alguien de la galería, probablemente el hombre que resultó asesinado, sabía que las pinturas eran falsas y se puso en contacto con alguien de la compañía de seguros que, a su vez, se puso en contacto contigo. Alguien más lo averiguó y lo asesinó por ello. Probablemente, el asesino estaba rebuscando en los bolsillos de Botkin cuando entraste en el despacho y lo interrumpiste. Pero no le habría servido de nada porque Botkin ya te había pasado a ti el sobre.
Paula se mordió el labio inferior.
-Así que vamos a averiguar si Willfort estaba implicado en el asunto, ¿no?
-Básicamente -asintió Pedro.
-¿No sería más lógico que nos quedáramos en Atlanta? Liz Pryce está en Atlanta. Las pinturas falsificadas procedían de su galería Las pinturas fueron robadas de la casa de Willfort en Atlanta. Tu informador fue asesinado en la galería.
-Atlanta es un lugar demasiado peligroso para nosotros ahora. Hay demasiada gente buscándonos, incluyendo a la policía. Tengo el presentimiento de que encontraremos algunas respuestas en Savannah.
-Estas, er... intuiciones tuyas, ¿hasta qué punto son de fiar?
-Mucho.
-Pero ayer no te indicaron que algo iba mal en la galería.
Pedro hizo una mueca.
-No.
-Así que no son infalibles.
-Nunca he dicho que lo fueran.
-¿Qué vamos a hacer cuando lleguemos a Savannah?
-Lo pensaremos cuando estemos allí --contestó Pedro, aparentemente despreocupado por su falta de plan.
-¿Te importa si enciendo la radio?
-Adelante.
Iba a ser un largo viaje a Savannah, pensó Paula mientras giraba el botón. Y no quería pensar en lo agradable que resultaba estar dentro de la furgoneta mientras llovía y con Pedro a escasos centímetros de ella.
Le resultaría más fácil mantener las distancias con él si lo consideraba simplemente un amigo temporal. Las circunstancias los habían reunido, eso era todo. No debía olvidarlo en ningún momento.
Tras más de una hora viajando, hicieron una parada para tomar algo en un restaurante de la carretera. Paula pidió un zumo y Pedro un enorme helado y un trozo de tarta. Mientras le veía comer, y recordando la doble hamburguesa de queso con patatas que había almorzado, ella pensó que era increíble que se mantuviera delgado comiendo como comía.
Pedro sonrió cuando, finalmente, Paula le hizo la pregunta.
-Es mi metabolismo. La mayoría del tiempo trato de comer alimentos saludables, pero de vez en cuando me gusta tomar una buena hamburguesa y un helado.
Una vez más, Paula creyó percibir un leve acento tejano en la voz de Pedro.
-¿Dónde te criaste, Pedro?
Él se encogió de hombros.
-En todas partes. Mi familia viajaba mucho.
-¿Cuánto tiempo llevas viviendo en Georgia?
-¿Quién ha dicho que viva en Georgia?
Paula parpadeó.
-¿No es así?
-Sólo ocasionalmente.
Paula pensó en el hotel de Marietta.
-¿Dónde vives cuando no estás en este estado?
-Aquí y allí.
-¿No tienes una casa permanente en ningún lugar?
-Trabajo fuera de Tejas bastante a menudo. Tengo una casita en las colinas de Tennessee a la que suelo ir cuando estoy libre.
A Paula le pareció que llevaba una vida muy solitaria.
-¿No tienes familia?
-No. Vivo por mi cuenta.
Había tantas preguntas que Paula habría querido hacerle... Por qué vivía como vivía, por qué necesitaba tener furgonetas aparcadas por ahí, habitaciones de moteles reservadas bajo un nombre falso... Por qué carecía de un hogar, de una familia, incluso de posesiones. Pero sabía que todo aquello no era asunto suyo y que Pedro sólo se lo contaría si quisiera que lo supiera.
Adoptando un tono ligero, preguntó:
-¿No te ha dicho nunca nadie que eres un poco extraño, Pedro?
Él sonrió.
-Bastante a menudo.
-¿Y no te molesta?
-Me he acostumbrado. ¿Seguro que no quieres helado ni nada?
-No, gracias.
-Entonces será mejor que nos pongamos en marcha.
Cuanto más cosas sabía de Pedro, menos sentía que lo conocía, pensó Paula mientras subían de nuevo a la furgoneta. Y más intrigada se sentía.
Hacía años que Paula no iba a Savannah. Casi había olvidado lo bonita que era, con sus antiguos edificios, sus calles empedradas, sus magnolios y abundantes azaleas.
Bajó de la furgoneta y se estiró, agradeciendo poder hacerlo tras las horas pasadas en la carretera. Miró con curiosidad los bonitos jardines de la urbanización frente a la que había aparcado Pedro.
-¿Dónde estamos?
-Una amiga mía tiene un piso aquí. Viaja mucho, y ahora está fuera de la ciudad, pero tengo permiso para usarlo siempre que lo necesite.

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jueves, 12 de marzo de 2015

Capitulo 14 -Aventura De Amor-

Paula no recordaba haberse quedado dormida. Pero despertó acurrucada en medio de la cama. Pedro no estaba en la habitación. Miró el reloj y comprobó que había dormido un par de horas. Apartó un poco las cortinas para mirar al exterior.
Incluso a través de la intensa lluvia, pudo ver que la furgoneta no estaba. Pedro la había dejado sola.
Sintió un momentáneo pánico. ¿Cómo podía haberle hecho aquello?
Entonces, el sentido común se sobrepuso lentamente a su miedo.
Pedro no la dejaría. No sabía a dónde había ido, ni cuándo volvería... pero sabía que volvería. Le había pedido que confiara en él. Y, tal vez de modo irracional, confiaba plenamente en él.
Trató de ser paciente hasta su regreso. Encendió la televisión y no encontró nada que atrajera su interés. Pensó en la novela a medias que tenía en la mesilla de su apartamento. Durante las dos semanas pasadas no había sido capaz de concentrarse lo suficiente como para disfrutar leyendo, pero si la tuviera ahora...     
No, tal vez no. No creía que una novela de misterio sobre un terrible asesinato le conviniera en esos momentos.
Se fijó en la bolsa de viaje que se hallaba a los pies de una de las camas. Dudaba que Pedro tuviera un libro dentro, pero supuso que no haría ningún daño comprobándolo. No tenía nada más que hacer. No creía que a Pedro le importara.
No encontró un libro. Lo que si encontró fue un montón de tarjetas de identificación sujetas con una goma, todas con la fotografía de Pedro. Cada tarjeta tenía un nombre diferente.
De algún modo, resultó inevitable que Pedro eligiera precisamente aquel momento para volver. Paula aún tenía las tarjetas en la mano cuando entró en la habitación.
-Estaba buscando algo que leer -dijo, tratando de no mostrarse avergonzada.
Pedro se quitó el sombrero, mirando las tarjetas de identificación, sin mostrar ninguna sorpresa por haber encontrado a Paula husmeando en sus cosas.
-¿Has encontrado algo interesante?
Ella se encogió de hombros y volvió a guardar las tarjetas en la bolsa.
-No especialmente.
Pedro dejó su sombrero en la cómoda y se pasó una mano por el pelo.
-Me gustaría que dejara de llover -dijo-. Casi me ahogo ahí fuera.
-¿Dónde has estado? -preguntó Paula, tratando de hablar en tono despreocupado.
-He vuelto a Atlanta para hacer algunas llamadas desde una cabina. En tu apartamento salió el contestador. O se han ido, o están vigilando las llamadas a través de éste. En cualquier caso no es conveniente que vayamos allí.
A pesar de que hacía menos de veinticuatro horas que había dejado el apartamento, a Paula ya le parecían días. Pensó con añoranza en su ropa, en sus cosas, en su propia cama...
-¿Has echado una buena siesta? -preguntó Pedro, sonriendo-. Estabas profundamente dormida cuando me he ido y no he querido despertarte.
-Sí, me siento mucho más descansada, gracias. Pero... podías haberme dejado un nota o algo parecido -Paula no pudo evitar reprenderlo-. Cuando me he despertado y he visto que no estabas, me he preocupado un poco.
Pedro frunció el ceño, mirándola con gesto interrogante.
-No habrás pensado que te había dejado aquí, ¿no?
-Sólo lo pensé un momento. Pero enseguida supe que volverías.
-Gracias por confiar en mí -dijo él con suavidad.
Paula se encogió de hombros y cambió de tema.
-¿Has encontrado a tu amigo de la compañía de seguros?
La seria expresión de Pedro le hizo saber que no le iba a gustar su respuesta.
-Sí -contestó él.
-¿Y?
-No sabe nada sobre lo que nos ha pasado. Asegura que no tenía ni idea de que me habían pedido que interviniera en el caso Willfort. Según él, no había motivos para creer que hubiera más en éste de lo que Willffort había informado a la policía. Y nunca había oído el nombre del supuesto empleado de la compañía de seguros que se puso en contacto conmigo.
-¿Le crees?
-Sí -contestó Pedro de mala gana-. Le creo. Lo que significa que he sido un completo *******.
Paula sintió el inmediato impulso de defenderlo.
-¿En qué sentido?
-No verifiqué la información -admitió él-. Siempre verifico cada caso. Pero esta vez acepté las instrucciones del individuo que llamó y las seguí sin cuestionármelas. Encima te involucré en el asunto sin saber en qué me estaba metiendo. No sé cómo decirte cuánto lo siento.
-No tienes nada de qué disculparte. Ya me dijiste que no tenías idea de que este caso podía resultar peligroso cuando me pediste que te ayudara.
-Sólo buscaba una excusa para sacarte de casa -admitió Pedro, sorprendiendo a Paula-. Pensé que podías acompañarme a la galería, para dar más verosimilitud a mi presencia en ella, y que luego podríamos ir a cenar. No esperaba estar en la galería más de media hora; lo suficiente para reunirme con mi contacto y dejar que me entregara un sobre.
-Debo admitir que me sentí un poco sorprendida cuando apareciste en mi apartamento --dijo Paula, sintiéndose de pronto un poco tímida-. Lo cierto es que no nos conocíamos demasiado.
Pedro no sonrió cuando la miró, y algo en sus ojos hizo que los latidos del corazón de Paula se aceleraran.
-Ésa era una situación que siempre había esperado remediar.
De pronto, Paulasintió dificultades para respirar normalmente. ¿Pedrose había interesado en ella antes de que la echaran del bufete? Siempre se había dicho que las sonrisas y bromas que le prodigaba cuando se detenía junto a su escritorio habían sido sólo un detalle de amabilidad; que para él no era más especial que el resto de los asociados del bufete, a los que siempre saludaba con igual encanto.
¿Sería cierto que se había fijado en ella de modo especial?
Pedro exhaló el aire y apartó la mirada, rompiendo el repentino silencio que se había producido entre ellos.
-Este no es momento para entrar en ese tema -dijo--. Antes tenemos que salir de este lío.
Paula trató de hablar normalmente.
-¿Qué hacemos ahora?
-Sigo pensando que los cuadros robados son la clave -murmuró Pedro, frotándose la parte trasera del cuello-. Si pudiéramos encontrar alguna pista, tal vez estaríamos más cerca de averiguar por qué quieren acusarnos de asesinato.
-«Ellos lo sabían» -murmuró Paula, recordando las últimas palabras del moribundo-. «Las pinturas eran...» ¿Qué? ¿Robadas? Todo el mundo sabía eso.
Pedro permaneció en silencio, pensativo.
Necesitando algo que hacer, cualquier cosa que la distrajera de la insinuación de Pedro sobre su interés por ella, Paula se ocupó en guardar cuidadosamente las cosas en la bolsa de viaje. El traje que Pedro había llevado la tarde anterior. El suyo, ahora totalmente arrugado.
Cuando tomó la chaqueta, recordó que había guardado el collar de perlas en uno de los bolsillos y de pronto sintió la necesidad de asegurarse de que seguía allí. Metió la mano en el izquierdo, incapaz de recordar en cuál lo había guardado.
Pero, en lugar del collar de perlas, sacó un sobre arrugado.
Lo miró con gesto aturdido, sabiendo que no estaba allí cuando salió de su casa para ir a la galería. De pronto, lo sostuvo ante sí como si fuera a estallar en su mano.
-¿Qué sucede? -preguntó Pedro tras ella-. ¿Qué es lo que tienes en la mano?
Paula se volvió.
-He encontrado esto en el bolsillo de mi chaqueta -dijo-. No estaba ahí cuando me puse el traje.
Pedro miró atentamente el sobre. ¿Estás segura?
-Totalmente. No sé de dónde ha salido. -¿Te importa que lo mire?
Paula se lo entregó. Pedro lo estudió unos momentos. Era un sobre de tamaño normal, sin nada escrito en el exterior. Sacó una navaja de su bolsillo y lo abrió cuidadosamente. Extrajo dos hojas del interior y las hojeó atentamente.
Un momento después, maldijo entre dientes.
-¿De dónde ha salido esto?
-No lo sé, ya te lo he dicho. Acabo de encontrarlo en el bolsillo de mi chaqueta. No sé quién lo ha puesto ahí, ni cuándo.
-Dijiste que te arrodillaste junto al hombre que encontraste en el suelo del despacho. ¿Pudo haberlo metido entonces en tu bolsillo?

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Capitulo 13 -Aventura De Amor-

-Oh, cuánto lo siento. Eras demasiado joven para perder a ambos. Lo siento tanto...
-Fue hace casi veinte años -murmuró Pedro, incómodo con la compasión de Paula.
-Pero aún duele -dijo ella, perceptiva.
Pedro permaneció unos momentos en silencio. Luego, se aclaró la garganta y contestó cándidamente:
-Sí. Aún odio los hospitales. Mi madre sobrevivió algunos días después del accidente, y siempre asocio los sonidos y los olores de los hospitales con su muerte -movió un momento la cabeza, como para apartar aquellos dolorosos recuerdos-. ¿Y tus padres? -preguntó, sintiendo que Paula tenía ganas de hablar.
-Aún viven en Honoria, Georgia, el pueblo en que nací. Mi padre es abogado y mi madre maestra. Somos la rama respetable de la familia Chaves -añadió Paula con cierta ironía.
Respetable. Una palabra que nunca se había aplicado a la familia de Pedro. Aquello sólo sirvió para recordarle lo diferentes que habían sido su infancia y la de Paula.
-¿En serio?
-Sí. Mamá y papá no han causado ningún escándalo en treinta años. Mis hermanos pequeños y yo fuimos niños casi perfectos. Yo fui a Harvard. Trevor trabaja para el Departamento de Estado de Washington D.C. Mi hermano menor, Trent, estudia para piloto del ejército. En conjunto, somos un modelo de respetabilidad, a diferencia del resto de los Chaves. O, al menos, lo éramos... hasta que hice que me despidieran - añadió Paula, tratando, sin éxito, de no hablar con amargura.
Pedro la miró especulativamente.
-Aún no has contado a tu familia lo que ha sucedido con tu trabajo, ¿no?
Paula apartó la mirada.
-No.
-¿Por qué no?
Ella se encogió de hombros.
-¿Temes que no comprendan? ¿Que se sientan decepcionados? -Pedro pensaba que una familia como la descrita por Paula apoyaría de inmediato a cualquiera de sus miembros que pasara por una mala racha. Al menos, eso era lo que siempre había imaginado que sucedía en las típicas familias.
Paula movió la cabeza.
-Sé que comprenderían, y que me apoyarían, aunque se sintieran decepcionados. Pero aún no me siento en condiciones de hablar sobre ello. Con nadie.
Pedro no pudo evitar pensar con cierta satisfacción que a él si le había hablado de su despido, al menos un poco. Se preguntó qué molestaba más a Paula, la pérdida de su posición o la humillación de sentir que había fallado en algo.
-¿Te gustaba tu trabajo? -preguntó.
Paula dudó tanto que Pedro sospechó que no sabía qué responder.
-No me disgustaba --dijo, finalmente—. Era un trabajo, simplemente. Y yo lo hacía bien... a pesar de la evidencia de lo contrario.
-Nunca lo he dudado -aseguró Pedro-. ¿Qué sucedió?
-Me negué a firmar algo que un importante cliente exigía. Era un refugio de impuestos en el extranjero... algo un tanto dudoso. Tras investigar durante meses, decidí que era muy arriesgado. No quise tener nada que ver con aquello. El cliente se empeñó, los socios del bufete me presionaron para que aceptara y me negué. Pensé que me apoyarían cuando llegara el momento de la verdad. No lo hicieron.
Pedro frunció el ceño.
-¿A pesar de que tenías razón?
Paula se encogió de hombros.
-Su estudio del asunto mostraba que su credibilidad resultaría apenas afectada si la cosa iba mal. La responsabilidad caería sobre el cliente... y había una pequeña probabilidad de que también cayera sobre mí. Los socios argumentaron que el cliente se buscaría otro bufete para hacer lo que quería, y no querían perderlo. De manera que me dieron la espalda y buscaron un abogado con menos escrúpulos.
-¿Qué vas a hacer ahora?
-No sé. No creo que vaya a conseguir una brillante carta de recomendación de Carpathy, Dillon y Delacroix.
-Te recuperarás -predijo Pedro con seguridad-. Irás a una entrevista con la cabeza bien alta y convencerás a tu próximo jefe de que sabes lo que haces y de que no dejas que nadie te haga salirte de tu camino. Lo que hiciste requirió valor e integridad, y seguro que encontrarás a alguien capaz de reconocer tu fuerza.
Paula no parecía muy convencida, pero Pedro estaba seguro de lo que decía.
-Estoy convencido de que puedes hacer cualquier cosa que te propongas, Paula Chaves -continuó-. Lo único que debes preguntarte es si realmente quieres hacerlo.
Hacía tanto tiempo que Paula no se hacía esa pregunta que ni siquiera sabía por dónde empezar a buscar la respuesta. Al parecer, se había pasado la vida haciendo lo que los otros querían que hiciera.
«Sé una buena chica, Paula. Estudia, Paula. Ve a Harvard, Paula. Estudia Derecho, Paula».
«Queda despedida, señorita Chaves».
Pensó en la infantil carta que se escribió a sí misma y enterró siendo una adolescente. Una carta llena de los sueños de otras personas, de las ambiciones que otras personas tenían para ella. Y comprendió que no estaba más cerca de saber realmente lo que quería que a los catorce años.
Pedro pareció comprender que Paula necesitaba algo de tiempo para pensar en lo que le había dicho, de manera que cambió de tema.
-¿Cuánta gente crees que habrá tratado de llamar a tu apartamento desde ayer?
Paula se mordió el labio inferior antes de contestar.
-Muy poca -contestó-. Mi familia cree que estoy de viaje. Mis amigos creen que sigo en Honoria. No esperaba que me llamara nadie.
-Me gustaría volver a llamar a tu apartamento. -murmuró Pedro; mirando el teléfono-. Sólo para ver quién contesta, si es que lo hace alguien. Pero no quiero que localicen la llamada, como sucedió en Marietta.
-¿No tienes un móvil? Con un móvil no se puede localizar la llamada, ¿no?
-Depende de con quién nos estemos enfrentando y del poder que tenga. Tal vez me arriesgaría... si no me hubiera dejado el móvil en el deportivo. Probablemente, a estas alturas lo tendrá la policía. Hablando de equivocaciones estúpidas...
Miró su reloj. Automáticamente, Paula hizo lo mismo, fijándose en que eran casi las dos. Un nuevo trueno retumbó en el exterior, y la lluvia arreció. De pronto, se sintió muy consciente de estar a solas con Pedro en aquella habitación. Se aclaró la garganta.
-Me gustaría que pudiéramos hacer algo para que el tiempo pasara más deprisa - murmuró, antes de pensar lo que decía.
La mirada de Pedro adquirió de inmediato la traviesa expresión que Paula empezaba a reconocer.
-Estoy seguro de que se me podrían ocurrir una o dos ideas -replicó.
Paula pensó que a ella también se le podían ocurrir algunas. Pero eso no significaba que fuera a llevarlas adelante.
Le dedicó una represiva mirada.
-Podemos ver la televisión.
-Yo estaba pensando en algo distinto -replicó Pedro, con exagerado pesar.
Paula tuvo que esforzarse para no sonreír. ¿Por qué tenía que ser Pedro tan encantador y atractivo?
-Compórtate -dijo.
Aparentemente satisfecho consigo mismo, Pedro tomó el mando a distancia de la televisión.
-Lo intentaré -dijo, y, tras seleccionar un canal en el que se reponía una vieja serie, se sentó cómodamente en la cama y se puso a mirarlo.
Paula no fue capaz de concentrarse en la serie televisiva. Tenía demasiados problemas propios como para interesarse en los ficticios embrollos de la pequeña pantalla. Y el menor de ellos no era precisamente su poco recomendable forma de reaccionar hacia el hombre que estaba sentado en la otra cama.

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miércoles, 11 de marzo de 2015

Capitulo 12 -Aventura De Amor-

Paula asintió.
Era cerca de la hora del almuerzo cuando llegaron a Monroe y encontraron un motel de aspecto decente. Cerca había un restaurante de comida rápida para llevar y Pedro se detuvo en él, diciendo que comerían en la habitación, donde podrían hablar en privado.
Una vez más, Paula esperó en la furgoneta mientras Pedro pedía una habitación. Se preguntó qué nombre habría dado esa vez. Un extraño escalofrío la recorrió al pensar que acababa de pasar la noche con un hombre cuyo nombre verdadero desconocía. Iba a tener que averiguar bastante más sobre Pedro antes de confiarle durante mucho más tiempo su vida.
Lograron llegar a la habitación sin empaparse demasiado. Luego se sentaron a comer con las piernas cruzadas sobre sus respectivas camas.
-¿Dónde conociste a Spider? -preguntó Paula mientras desenvolvía un sandwich.
-Por ahí -contestó Pedro, vagamente, llevándose una lata de refresco a los labios. Tras dar un largo sorbo, añadió-: Es todo un personaje, ¿no te parece?
-Por decir lo mínimo -Paula movió la cabeza, recordando el extraño encuentro-. ¿Por qué no quería que lo viéramos?
-Es una peculiaridad suya. Es... tímido.
-Sí, claro -Paula comió una patata frita y luego dijo-: Debo admitir que no he entendido la mitad de lo que habéis dicho. ¿Has averiguado algo útil?
-Tal vez -dijo Pedro, pensativo.
Paula se aclaró la garganta, decidida a que la pusiera al día.
-¿Y. ..?
-¿Qué? Oh -Pedro le dedicó una débil sonrisa de disculpa-. Spider tiene lo que podríamos llamar un instinto especial para seguir las mercancías robadas. Aunque no pueda guiarme directamente a ellas, normalmente me pone en la dirección correcta.
-Pero en este caso ni siquiera ha podido hacer eso.
-Cierto. No ha oído una palabra, y eso es extraño, teniendo en cuenta el valor de lo robado y la publicidad que se ha dado al robo.
-Parecía querer decir que la gente tiene miedo de hablar al respecto.
-Exacto.
-Si al menos supiéramos lo que el hombre de la galería quería decirte respecto al robo... - dijo Paula.
-Tendremos que averiguarlo por nuestra cuenta -tras un momento de silencio, Pedro añadió con menos confianza -: de alguna forma.
Arrojó su lata a la papelera y descolgó el teléfono.
-¿A quién vas a llamar?
-Conozco a alguien de la compañía de seguros que tal vez tenga algo útil para nosotros. ¿Pero podrás localizarlo en sábado?
-Buena pregunta -Pedro volvió su atención al teléfono.
Decidiendo concederle algo cercano a la intimidad, Paula se ocupó recogiendo los restos de la comida.
Se preguntó si debería llamar a sus padres cuando Pedro terminara de hablar. No sabía qué les diría, pero no quería que llamaran a su apartamento y se encontraran con que les respondía un desconocido... asumiendo que aquel miserable siguiera esperándola. Se estremeció al pensarlo.
No esperaba que la llamaran, ya que les había hecho creer que estaría fuera durante varias semanas. Se había dicho que necesitaba aquel tiempo para recuperarse, para seguir adelante después del desastre en Carpathy, Dillon y Delacroix. De todas maneras, sería mejor asegurarse.
Pedro colgó el auricular, maldiciendo en voz baja.
-El contestador -dijo, en respuesta a la interrogante mirada de Paula.
-Supongo que no querrás dejar este teléfono.
-Esa no sería mi primera elección, no.
Paula se sentó en el borde de la cama y se pasó una mano por el pelo.
-¿Y ahora? -preguntó, sintiéndose como si llevaran días huyendo.
Pedro se acercó a ella, se inclinó y le tomó las manos, una costumbre que a Paula le gustaba cada vez más.
-¿Cómo lo llevas?
-Bien -aseguró ella, sin mirarlo a los ojos-. Espero que sepas lo que estás haciendo al no acudir a la policía.
-No estoy seguro respecto a nada de lo que estoy haciendo, cariño -contestó él.
-¿Qué es lo peor que podría pasarnos si fuéramos a la policía?
-Podrían encarcelarnos por robo... si no por asesinato.
-No tienen pruebas.
Pedro alzó una ceja.
-Tienen testigos que nos vieron en la galería hablando con el hombre que fue asesinado. ¿Quién sabe qué otras pruebas hay contra nosotros?
-¿Y si no vamos a la policía?
-Trataremos de averiguar qué está pasando sin dejar que el asesino nos encuentre antes.
Paula supuso que debería apreciar la sinceridad de Pedro. Desde luego, no trataba de endulzar la situación.
Y ella quería la verdad. No quería que la protegiera de los hechos. Aunque ninguno de los dos había tenido intención de que así fuera, se había convertido en socia de Pedro en aquella investigación... y así esperaba que la tratara.
-¿Qué vamos a hacer ahora? -preguntó de nuevo.
Un poderoso trueno evitó que Pedro respondiera de inmediato. Las luces se debilitaron momentáneamente.
-Tal vez deberíamos esperar a que terminara la tormenta -sugirió-. Trataré de encontrar a intervalos regulares a Bill, el tipo de la compañía de seguros. Después... nos guiaremos por la intuición.
En opinión de Paula, eso habían hecho desde el principio.
Otra tranquila habitación de motel, con el único sonido de fondo de la lluvia golpeando las ventanas. Otro espacio acogedor casi completamente ocupado por dos camas. Otra extensión de tiempo con nada que hacer para Pedro excepto mirar a Paula y preguntarse qué tal lo pasarían haciendo buen uso de una de las camas. Necesitando quemar de algún modo su inquieta energía, empezó a caminar de un lado a otro, con las manos en los bolsillos.
Paula estaba sentada con las piernas cruzadas sobre una de las camas, mirándolo. -¿Empiezas a sentir claustrofobia? -preguntó al cabo de unos momentos.
Pedro se detuvo y alzó un hombro. -Tal vez, un poco.
-Suponía que los investigadores privados estabais acostumbrados a este tipo de cosas. ¿No consisten la mayoría de los casos en largas horas de aburrimiento e inactividad?
-Sí admitió Pedro-. Pero entonces al menos siento que controlo la situación. Sé lo que está pasando.
-¿Hace cuánto tiempo eres detective privado?
-Hace casi diez años.
Paula alzó las cejas, como si la respuesta de Pedro la hubiera sorprendido.
-¿Cuántos años tienes?
A Pedro no le molestó aquella pregunta personal.
-Treinta y cuatro.
-Oh. Pensaba que eras más joven. Pedro rió.
-Me lo tomaré como un cumplido.
-A pesar de todo, eras muy joven cuando empezaste. ¿Era tu padre detective? ¿Policía, tal vez?
Pedro volvió a reír, pero con aspereza.
-No, mi padre no era poli. La mera idea de serlo le habría horrorizado -el padre de Pedro nunca tuvo mucha fe en la poli. Ni en nada o nadie que representara autoridad y estabilidad-. Murió cuando yo acababa de cumplir los quince -añadió, manteniendo el tono de voz ligero, aunque la sonrisa se esfumó.
-¿Y tu madre? ¿Vive aún?
-Murieron juntos, en un accidente -un accidente por el que Pedro aún se sentía responsable, después de tanto tiempo. Un accidente que aún lo perseguía cuando tenía la guardia baja, en las raras ocasiones en que añoraba tener un hogar y una familia propia.

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Aca les dejo los dos caps de hoy!!! Espero los comentarios! Tw @Floor_PauChaves